CAPÍTULO 16. Malditos celos… o no.
Liliana
El sofá no es precisamente cómodo para dormir, pero no es la incomodidad lo que me mantiene despierta. Es la mezcla de emociones que me golpean con cada respiración. Tengo ganas de llorar, pero sé que Logan está despierto, así que lo hago en silencio, apretando la manta contra mi pecho.
Logan St. Jhon es un tormento, como un lobo al que no le importa si devora a su presa mientras está medio viva. Y sé que la estúpida soy yo, al que se empeña en ver lo bueno soy yo, porque a pesar de todo hay algo en sus ojos, en esos momentos fugaces en los que baja la guardia, que me hace sentir que todavía hay un hombre detrás de la bestia.
Cuando amanece, nuestra rutina se repite, Logan me despierta con un gruñido desde su cama.
—¿Vas a quedarte ahí tirada todo el día o me vas a ayudar?
Suspirando, me levanto y me acerco a él. Me ordena, porque todo con él son órdenes, que lo ayude a asearse, y esta vez añade un nuevo capricho.
—Rásurame.
Lo miro con una mezcla de incredulidad y cansancio.
—¿Es en serio? —pregunto porque puede verse perfectamente en el espejo y hacerlo solo.
—Sí, en serio. A menos que prefieras seguir llamándome Señor Greñitas —Esboza una sonrisa maliciosa y me dan ganas de pegarle.
—Te rasuré muchas veces en estas semanas, no me molesta hacerlo —respondo con calma, alcanzando la máquina de afeitar—. Y ya no te mereces que te llame Señor Greñitas.
Por un segundo parece descolocado, pero no dice nada. Mis manos recorren su cara, me inclino sobre él y puedo sentir su mirada fija en mí. No sé si intenta incomodarme o está esperando que cometa un error, pero no le doy ese gusto. Cuando termino, le paso una toalla húmeda y lo acerco al espejo.
—Listo, ahora estás presentable.
—¿En serio ya no me vas a llamar Señor Greñitas? —me azuza con tono sarcástico—. Déjame adivinar, me pusiste así cuando todavía me querías, y ahora ya no me quieres —sisea y por un segundo es extraño reconocer que hubo algunas semanas en que sí, lo quise sin saber quién era.
—En eso tienes razón —murmuro con cansancio dirigiéndome a la puerta—. Ya no te quiero.
Escucho que algo se rompe contra la pared detrás de mí, pero no me vuelvo a mirar. Ya sé que hay un monstruo ahí, no necesito verlo para recordarlo.
Por suerte el incómodo silencio del desayuno que viene después, dura muy poco, porque Vincent aparece con un cuaderno bajo el brazo y un aire de seriedad.
—Logan, quiero pedirte permiso para hacerme cargo de la hacienda mientras te recuperas. Hay varias cosas que necesitan atención inmediata.
Logan resopla, claramente molesto, pero es evidente que no tiene otra opción.
—¿Pedirme permiso? ¿Desde cuándo pides permiso, Vincent? Haz lo que tengas que hacer, pero no me jodas con detalles innecesarios.
—Se trata de Berserker y de los demás sementales de cría —advierte su hermano.
—Entonces sí puedes joder, vamos a mi despacho —rezonga él y los dos desaparecen del comedor.
Él se gira hacia mí con los ojos ardiendo de rabia.
—Si tanto te importa, dile a Esteban que me mande a una mujer —escupe.
—¿Si te mandan una mujer harás las terapias? —le pregunto y eso parece exasperarlo todavía más.
—¡Lárgate! —le ruge al pobre doctor y yo niego porque no entiendo qué demonios quiere de mí.
Y estoy segura de que va a empezar a gritarme como el cavernícola que es, hasta que se escucha un sonido de campanas y Anthony aparece con una sonrisa amplia.
—¡Ey! ¡Miren lo que traje! —grita desde afuera, donde un camión de helados estaciona frente a la casa, y todos se reúnen en el portal a nuestro alrededor—. Cuando éramos niños a Logan le encantaba que nuestros padres rentaran uno de estos para nosotros. ¡Pensé que podía ponerte de buen humor, primito!
Anthony corre hacia nosotros y como él es un caballero, yo soy la primera a la que le ofrece un helado de vainilla, pero antes de que pueda negarme Logan interviene con una voz fría y autoritaria.
—Tira eso.
Anthony lo mira, desconcertado.
—¿Qué? ¿Por qué…?
—¿Quieres matar a mi esposa? —gruñe Logan poniendo los ojos en blanco—. Es alérgica a la vainilla.

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