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IMPERDONABLE romance Capítulo 19

CAPÍTULO 19. Los peores instintos

—¿¡Qué demonios quieres decir con que se fue!? —vocifero, golpeando el brazo de mi silla con tanta fuerza que creo que la voy a descomponer.

Vincent se queda inmóvil. Su expresión se convierte en una mezcla frustración con una paciencia que sé que le cuesta mantener. Siempre ha sido el más calmado de los dos, pero esta vez puedo ver que incluso él está al límite.

—Logan, tranquilízate —dice, como si fuera tan fácil—. No se subió a un avión, solo fue a su casa por algunas cosas que necesitaba. Me pidió incluso un chofer, es obvio que no va a irse a ningún lado.

—¡Tú no sabes eso! —le grito con rabia contenida—. ¡No sabemos nada de esta mujer! ¡Con todo lo que ha pasado bien podría haberme mandado a matar y tú ni te enterarías!

—Para eso solo habría tenido que sentarse en un rincón y llorar, y no darte un pedazo de su hígado —me replica con condescendencia, pero para mí eso no es suficiente.

—¡Localiza al maldito chofer, ahora! ¡Localiza el coche, quiero saber a dónde va! ¡Ya!

No puede haber ido muy lejos. Me lo repito mientras intento no perder la poca calma que me queda. La rabia me arde en el pecho. ¿Cómo se atreve a largarse? Después de fingir esta preocupación por mi tan convincente, ¿cómo se atreve a escapar? Porque el tarado de Vincent puede tragarse lo de las cosas por recoger, pero mis peores instintos, y de esos tengo muchos, me dicen que lo que de verdad está haciendo es escapar.

—Manda a preparar una camioneta —gruño, moviendo la silla hacia la puerta sin esperar respuesta—. Vamos a buscarla.

Vincent asiente con resignación, pero solo hace lo que le digo porque sabe que conmigo no sirve protestar. En menos de dos minutos ya está lista una de las camionetas y subo solo.

—Te acompañ…

—No hace falta —interrumpo a Vincent y lo veo negar con cansancio—. ¡Vamos! —le ordeno al chofer, que de inmediato sale de la propiedad y toma una de las carreteras privadas no muy lejos de la hacienda.

No demoramos mucho hasta llegar a una pequeña propiedad que se siente como un maldito chiste. Hay un campo de fresas que parece haber sido abandonado hace tiempo, las plantas se ven secas y marchitas.

Todo se ve triste, apagado, como si la vida hubiera huido de este lugar, y la casa no está mejor. Las ventanas están sucias, la pintura de las paredes se cae a pedazos. Si esta es su casa es evidente que ha estado pasando por bastantes aprietos económicos y que la granja de fresas no rinde ni dos duros.

Apenas bajo el otro chofer se acerca de inmediato y yo le hago un gesto porque escucharlo no me interesa.

—¿La señora está en la casa? —pregunto y él solo asiente apresurado—. Bien. Quédense aquí —ordeno.

Rodeo la casa en silencio, mientras espero escuchar algo que me demuestre que todavía está aquí, y en pocos instantes escucho cómo habla dentro, evidentemente sola. Menciona algo sobre una llave, y puedo notar la desesperación en su voz.

¡“Recogiendo” mis huevos!

Me detengo frente a la puerta trasera porque este es el único lugar por el que puede largarse evadiendo al chofer que vino con ella. Lo sé.

Así que espero, con mis dedos tamborileando sobre el reposabrazos de la silla. Liliana no entiende con quién está jugando, y cuando la puerta se abre todas mis sospechas se confirman de una sola vez. Lleva una maleta y es demasiado obvio lo que piensa hacer con ella.

¿Una planta? Me río de nuevo, más fuerte esta vez.

—¿De verdad esperas que me trague esa mierd@? —le pregunto echándome a un lado para ofrecerle el camino hacia el invernadero pequeño que hay detrás de la casa.

No tiene más opciones, así que da un paso... luego otro, y finalmente camina delante de mí.

El lugar está en un estado deplorable, pero ella va directamente hacia una esquina donde toma una maceta pequeña. La planta es miserable: hojas amarillentas y tierra seca. Un maldito desastre, igual que todo lo demás aquí.

—¿Esto es lo que viniste a buscar? —gruño con sarcasmo y ella asiente, sosteniendo la maceta como si fuera lo más preciado del mundo.

—Es una variedad especial de fresa —me dice en voz baja.

—Y tú eres una pésima mentirosa, Liliana —espeto, tomando su brazo con fuerza—. Vamos. ¡Me parece que ya has jugado suficiente!

No pone resistencia, pero su silencio es más irritante que cualquier palabra que pudiera decir. Quiero que me enfrente, que grite, que diga que soy un celoso de mierd@ y que debería confiar en que no se está escapando, que solo vino por sus maltit@s cosas… Pero no lo hace, porque todo eso sería mentira

Simplemente camina conmigo de regreso al auto, con la mirada fija en el suelo, y para cuando llegamos a la casa mi frustración ha alcanzado un nuevo nivel.

—¡Nadie la deja salir sin mi permiso! —ordeno y antes de que Vincent se atreva a cuestionarme lo miro a los ojos—. ¡Dije “nadie, y si no te gusta ya sabes dónde está la puta puerta! ¡Pero esta es mi casa, ella es mi mujer, y de aquí no sale a menos que yo no permita! ¿¡Está claro!?

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