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IMPERDONABLE romance Capítulo 22

CAPÍTULO 22. La única opción

Logan

¿Cuánto hace que no me acuesto con una mujer? ¿Dos, tres meses? ¡Tiene que ser mucho para que esta maldit@ calentura con Liliana no se me pase! Me acuerdo de la última, Carolina. Es una ex a la que puedo usar cuando lo necesito. Ella tiene toda una película armada en su cabeza de que algún día tendremos más, pero la verdad es que me aburriría mortalmente con una mujer como ella a mi lado para toda la vida.

—¡Como un demonio, el puto accidente me hizo algo y el cabrón de Esteban no me lo dijo! —espeto molesto.

¡Eso tiene que ser! Porque Liliana simplemente no se me sale de la cabeza.

Doy vueltas por el despacho como si eso pudiera ayudar, pero aparte de chocar con los muebles no resuelvo nada. Me basta con pestañear para recordarla, es un volcán la condenada, y tiene la piel tan suavecita que dan ganas de…

Lanzo a un lado los documentos que no logro revisar porque mi cabeza está en otro lado. En Liliana, en sus gemidos y en su olor y en esa humedad que me puso como adolescente descontrolado en cuestión de segundos.

—¿Puedo pasar? —Mi hermano se asoma a la puerta con una expresión que ya me pone de mal humor antes de que diga una sola palabra.

—¿Qué quieres? —gruño, levantando la vista hacia él, que se sienta frente a mí sin esperar invitación.

—Tenemos que hablar —dice serio, dejando una carpeta sobre la mesa. Sus dedos tamborilean suavemente sobre la madera, lo que me irrita aún más porque sé que eso significa que está nervioso… y pronto entiendo por qué.

Lo primero que aparece en la carpeta es la foto de Liliana en un pase permanente del hospital.

—Investigaste la historia de la madre… —murmuró hojeando el expediente.

—Y te dijo la verdad. Confirmé que estuvo en el hospital —dice apresurado—. Hay registros de que la señora Duque, su madre, recibió un trasplante de riñón justo el día que te caíste del caballo. Liliana estaba allí con ella.

—¿Estás seguro de eso? —mis palabras salen lentas, como si necesitara procesar cada una antes de decirla, porque eso significa que no me mintió.

Vincent asiente.

—Sí. Pero eso no es todo lo que averigüé —me dice y dejo a un lado la carpeta para mirarlo fijamente—. También revisé los registros de tu matrimonio. Te casaste tres días antes del accidente, tu firma es perfecta, y el matrimonio es completamente legal.

—¡Maldición! —gruño porque no sé cómo pudo pasar algo así, pero cuando miro a mi hermano lo noto: Algo no cuadra, y Vincent lo sabe—. ¿Y qué más? —lo increpo.

—Que no hubo contrato prematrimonial —continúa él—. Nada de división de bienes. Eso significa que si te divorcias de Liliana ahora, se llevará la mitad de todo lo que tienes.

Mi mandíbula se tensa automáticamente. ¡Tiene que ser una puta broma!

—¿Y tú crees que yo sería tan idiota? —lo fulmino con la mirada y su negativa me calma por un momento.

—No, sé que no eres idiota. Tú nunca harías algo así, Logan. Jamás firmarías un acta matrimonial sin blindarte primero por muy enamorado que estuvieras —confirma y abro los brazos con una expresión evidente porque al menos alguien entiende que no estoy loco.

Un silencio pesado se instala entre nosotros mientras intento asimilar mis propias sospechas, que van desde una estaf@ común hasta un intento de asesinato para que Liliana pudiera quedarse con mi fortuna.

—Ahora dime algo, Vincent. —Mi voz es baja, pero cortante—. ¿Todavía crees que me caí del caballo por accidente?

Él guarda silencio por un segundo, antes de negar con la cabeza.

—¿Quiere que intercepte el autobús, señor? —me pregunta el chofer y yo niego.

—No, solo síguelo de cerca.

Quizás después de todo ella misma me lleve hasta su cómplice.

Me trago cada gruñido de frustración mientras ella cambia dos veces más de autobús, pero para cuando por fin echa a andar, me doy cuenta de que es para atravesar las puertas del cementerio de la ciudad.

—¿Qué pasa? ¿Viniste a comprar un terreno para mi ataúd? —pregunto y la veo detenerse en seco, estremecerse y girarse lentamente, como si no pudiera creer que estoy aquí.

¡Así es muñeca, soy tu puta sombra, acostúmbrate!

—Mejor pedir perdón que permiso —murmura y yo aprieto los labios mientras me acerco.

—Pues a mí no me has pedido permiso —espeto.

—Y evidentemente perdón tampoco te voy a pedir —gruñe y me da la espalda como si yo no fuera nadie.

—¡Liliana! —le grito pero me hace menos caso que a un perro y termino empujando la condenada silla detrás de ella hasta que la veo detenerse frente a un par de tumbas.

Una es antigua, la piedra está gastada por la lluvia y el tiempo, pero la otra es dolorosamente nueva y el nombre en ella me corta el aliento: “Ana Esperanza Duque, amada esposa y madre”. Y la fecha debajo me golpea como un rayo. Es la madre de Liliana… ella… murió el mismo día de mi accidente…

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