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IMPERDONABLE romance Capítulo 8

CAPÍTULO 8. Acorralada, pero no cobarde

Liliana

Rezo en silencio, como si estuviera hablando con mi madre. Aunque sé que ella ya no está, siento su presencia como una sombra cálida a mi lado.

“Si está en mis manos ayudar a alguien más, lo voy a hacer, mamita. Te juro que lo voy a hacer. No fue justo todo lo que nos pasó, pero te prometo que lo voy a compensar para que estés orgullosa…”

Levanto la cabeza cuando la puerta se abre y aparece el doctor Esteban. Su expresión es seria, pero sus ojos tienen un brillo que me da esperanza, como si mi madre me estuviera respondiendo a través de él, diciéndome que el destino existe. Se detiene frente a todos y anuncia los resultados con voz firme:

—La señora St. Jhon es compatible para el trasplante.

Vincent y Anthony me miran, casi asombrados, como si no pudieran creer lo que acaban de escuchar, y es Anthony quien da el primer paso hacia mí, con su misma voz conciliadora de siempre.

—Liliana… ¿estás segura de que quieres hacer esto? ¿Sabes a lo que te enfrentas? —me pregunta con un tono más familiar.

—Sí, lo sé. Y sí, quiero hacerlo —le respondo con determinación—. El señor Greñitas… perdón… Logan merece que le den la oportunidad de vivir.

Siento que algo en mi pecho se libera al decir esas palabras, y no sé si esa breve sonrisa en el rostro de Vincent es porque le acabo de decir que le daré la mitad de mi hígado a su hermano, o porque lo llamé Señor Greñitas.

Firmo los documentos necesarios ayunque tengo miedo, sé que esto es lo correcto. Después de todo, esto es lo que habría hecho por mi madre si hubiera podido.

Solo unos minutos después me dejan sola, diciéndome que vendrán unas enfermeras a prepararme, así que cuando la puerta se abre no me asusto… aunque probablemente debía haberlo hecho. Un segundo después siento el golpe de la pared contra mi espalda y mi cabeza, y frente a mí tengo la cara del doctor Ryker, oscura de furia. No necesito adivinar sus intenciones; puedo sentir su desprecio y su rabia irradiando hacia mí como una amenaza palpable.

—¿Estás loca? —me escupe con desprecio—. ¡No vas a hacerte esa operación! ¡No tiene sentido! ¡Logan morirá de todas formas a causa de las lesiones en su cabeza! ¡Esto es solo una pérdida de tiempo y de recursos!

—¡Suéltame, yo no soy un maldito recurso! —gruño sin dejar que vea el temor que se retuerce en mi estómago—. Y si él va a morir como dices, ¿por qué te importa lo que haga? Yo ya tomé mi decisión.

Ryker se me acerca aun más y el olor a café en su boca me da tanto asco que vuelvo la cabeza.

—Si arruinas mis planes —susurra—, te garantizo que el mejor sitio ene l que acabarás será una tumba. Te arrancaré cada órgano, uno por uno, y los venderé hasta dejarte vacía.

El aire en la habitación se me hace irrespirable; y quizás me estoy volviendo loca, o quizás incluso acorralada no soy una cobarde, pero me inclino hacia él y le devuelvo la amenaza con una sonrisa seca.

—Si de todas formas Logan está condenado a morir, entonces no tienes nada de qué preocuparte, ¿verdad? Pero si no quieres que me opere, sal y diles a todos que la recién aparecida esposa ya no quiere donar. Ve y diles tú mismo que no te parece necesario.

—Los dos pasaron la cirugía —dice una voz y reconozco a Vincent sentado a los pies nuestras camas. Quizás alguien amable decidió ponerlas juntas y puedo sentir el calor del cuerpo de Logan a mi lado—. La operación fue un éxito, pero… —Veo que algo lo atormenta.

—¿Pero…? —pregunto a través de la máscara.

Vincent baja la mirada, evitando mis ojos.

—Los médicos no creen que Logan pueda recuperarse del daño en su cabeza. Dicen que no hay muchas posibilidades de que salga del coma.

Mis ojos se llenan de lágrimas porque solo escucho malas noticias, siempre malas noticias. Con toda la fuerza que puedo reunir, alargo mi mano hacia la otra cama y tomo la del Señor Greñitas.

—Entonces busca a otros médicos, trae mejores especialistas… pero no lo dejes morir sin intentarlo todo. Él es fuerte… él puede… por favor…

Siento una leve presión en mis dedos y trato de ahogar un sollozo. Es tan mínima que quizás solo sea mi imaginación. Debe serlo. ¿De verdad podría el señor Greñitas apretar mi mano, cuando todos dicen que no va a despertar?

—Ten fe en él… —susurro mientras mis ojos se cierran—. Ten fe…

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