Además, esta era una competencia de responder preguntas para acumular puntos. ¿Quién tendría tiempo de sobra para escribir un programa de ataque?
El juez abría y cerraba la boca, incapaz de encontrar un argumento para refutarla.
A su lado, Rosana enderezó la espalda con orgullo. Después de haber estado al borde del abismo, ¿de qué iba a tener miedo ahora?
Ya no era la chica tímida de antes.
—¡Exacto! —exclamó con fuerza—. Cuando nuestros equipos se infectaron, nos dijeron que nos faltaba capacidad técnica y que cualquier imprevisto en la competencia debía resolverse con nuestras propias habilidades. ¡Por eso se llama Desafío Élite! ¿Y qué pasa ahora? ¿Resulta que cuando ellas no pueden bloquear nuestro código, somos nosotros los que rompemos las reglas?
Rosana lo miró fijamente.
—Señor juez, su doble moral es increíble. Actúa de una manera tan parcial que me hace pensar que fue comprado por la familia Benítez.
El juez sintió una punzada de pánico y su rostro se tornó rojo de indignación.
—¡¿Qué estupideces estás diciendo?! —gritó—. ¡Como juez, solo estoy planteando una duda razonable! ¡¿Quién te dio el derecho de cuestionar a la autoridad?!
Rosana se puso las manos en las caderas, sin retroceder un milímetro.
—Como participante, y basándome en mis propias observaciones, también estoy planteando una duda razonable. ¿Algún problema?
El juez se quedó mudo de furia.
Rosana, entonces, dirigió toda su atención hacia el lado de Sabrina.
—¿No se supone que ustedes usan los equipos más costosos y de nivel internacional? —se burló—. ¿Cómo es posible que no puedan detener un código proveniente de nuestras computadoras de gama baja? ¿Acaso no quieren ganar?
Hacía unos momentos, en el camino hacia el recinto...

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