El gran regalo para la familia Benítez sería entregado en el escenario final, directamente en sus manos.
Si eliminaba a Sabrina ahora mismo, ¿qué gracia tendría?
Solo había que mirarla ahora: roja de furia, desesperada y completamente impotente. Era una escena patética y deliciosa. Seguro que los miembros de la familia Benítez, que observaban en las sombras, tenían la misma expresión desfigurada.
Lo mejor del espectáculo aún estaba por venir.
—¡Ganamos! ¡Ganamos!
Santiago, Mariana y Jaime se abrazaron, con lágrimas de pura emoción resbalando por sus mejillas.
Rosana corrió dando saltitos hasta Kiara. Sus ojos estaban enrojecidos.
—Capitana, nosotros... ganamos. Ganamos.
Kiara se levantó y una ligera sonrisa asomó en sus labios.
—Sí, ganamos.
Al escuchar sus celebraciones y ver el humillante marcador, Sabrina tembló de ira. Agarró el teclado y lo estrelló brutalmente contra el suelo.
—¡No lo acepto!
Tomó el micrófono de su mesa y su voz aguda hizo eco en todo el estadio.
—¡Exijo que se revisen sus computadoras! ¡Exijo una auditoría a los datos internos de la competencia! Todos vieron claramente que ella regresó al escenario en los últimos diez minutos. ¡Durante todo ese tiempo, su equipo no respondió a ni una sola pregunta! ¿Cómo pueden ganar puntos sin responder? ¡¿Cómo pueden estar en el primer lugar?! ¡Y encima nos quitaron nuestros puntos!
Respiró hondo, con los ojos inyectados en sangre.
—¡Esto es trampa! ¡Absolutamente! Usaron un programa externo prohibido. ¡Si el comité no da una explicación lógica, ninguno de los competidores aquí presentes aceptará este resultado!
Sabrina respiraba entrecortadamente. Era la prestigiosa señorita Benítez. ¿Cómo era posible que, contando con el equipo más avanzado y compañeros de élite, hubiera perdido contra un grupo de estudiantes de escasos recursos? Y no solo perdido, sino aplastada, quedando en el último lugar clasificatorio.


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