El Equipo Esperanza era el claro ejemplo de lo que pasaba.
Todos confiaban en que esta competencia cambiaría sus vidas para siempre.
Nadie iba a buscarse problemas en un momento tan crítico.
—Alto ahí.
Una voz serena y fría cortó el ambiente.
Su tono era pausado, sin prisa.
Pero fue suficiente para detener los pasos de Humberto.
Y para frenar a Santiago, que estaba a punto de agacharse a recoger la llave.
Humberto giró la cabeza, su mirada se posó en el hermoso y gélido rostro de Kiara, con una burla despectiva en los ojos: —¿Pasa algo, participante?
—Levántala —dijo Kiara en voz baja, con sus oscuros ojos profundos fijos fríamente en Humberto.
Humberto no podía creer que Kiara se atreviera a hablarle así.
Pensó que había escuchado mal: —¿Qué dijiste?
Kiara lo miró a los ojos, pronunciando cada palabra con claridad: —Dije que levantes la llave.
Su tono ya dejaba entrever cierta impaciencia.
Los que todavía no se habían ido se quedaron paralizados.
Todos miraron a Kiara, atónitos.
Por las rondas anteriores, sabían que la líder del Equipo Esperanza era ruda y absolutamente brillante.
Pero no esperaban...
Que llegara a este extremo de atrevimiento.
¿Cómo se le ocurría desafiar al jefe de los jueces?
¿No le preocupaba que, durante su estancia en la isla, él le hiciera la vida imposible y arruinara sus experimentos?
La expresión de Humberto se tornó sombría y rígida, hasta que soltó una carcajada cargada de furia: —¿Y tú quién te crees que eres para darme órdenes?
Dio grandes zancadas hacia ella, se negó a levantar la llave e incluso la pisó con fuerza: —Oye, niñita, este es el lugar de la competencia, y yo soy el juez principal. Vas a dormir donde yo te diga. ¿Y qué si tiro la llave al suelo? Si no te parece, abandona la competencia.

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