Era una jovencita que se veía tan menuda y frágil.
¿Y no podía moverla ni un centímetro?
Él tenía entrenamiento especial; se había forjado superando a grupos y grupos de soldados.
Si logró llegar a ser el jefe de los jueces en la competencia.
¡Era porque sabía pelear!
Podía enfrentarse solo a diez guardaespaldas bien entrenados sin sudar.
Humberto siempre se había jactado de su fuerza bruta.
Pero en ese momento...
Estaba siendo humillado por una universitaria de veinte años, aplastado contra el piso sin poder resistirse.
¡Era una vergüensa insoportable!
Su rostro palideció, volviéndose sombrío, mientras gotas de sudor frío escurrían por su frente.
Al notar que varios participantes aún seguían allí, mirándolo estupefactos.
Se tragó los quejidos de dolor a pura fuerza de voluntad.
Tenía que salvar un poco de su dignidad como juez principal; de lo contrario, ¿cómo lograría imponerse después?
—¡Tú...! —Humberto alzó la vista, mostrando los dientes en una mueca de fiera.
Justo cuando estaba por soltar una amenaza.
—¡¡¡Aaah!!!
Un alarido desgarrador retumbó por toda la isla.
Fue un grito imposible de contener.
Cuando quiso desafiarla, el pie de Kiara, que presionaba su pantorrilla, hizo un movimiento brutal aplastándolo con más fuerza.
Humberto sintió como si Kiara le acabara de destrozar los huesos de la rodilla.
El dolor era punzante.
Finalmente no pudo más; su rostro bañado en sudor frío se estremeció mientras mascullaba entre dientes: —La recojo... la recojo...
Los participantes que miraban se quedaron boquiabiertos.
La sonrisa en la cara de Sabrina se petrificó.

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