—¡Yo lo puedo probar!
Sabrina habló entre dientes, desquiciada, y señaló a los demás participantes que seguían allí: —¡Todos ellos pueden probarlo! ¡Con tantos testigos presenciales, ¿todavía quieres negarlo?!
—¿En serio?
Kiara ladeó la cabeza, echando una mirada relajada e indiferente a los espectadores.
Sus ojos estaban serenos, sin mostrar ninguna emoción evidente, pero dejaban escapar un aura escalofriante.
—¿Ustedes vieron algo?
Fue una pregunta suelta y casual.
Pero los participantes sintieron un escalofrío en la espalda y se encogieron de hombros, asustados.
¡Ni de broma!
Todos habían escuchado que los jueces y el personal de seguridad de la isla eran élite del departamento de seguridad nacional.
O bien, ex militares de fuerzas especiales y veteranos en protección.
El juez Humberto, con su cuerpo fornido y robusto, evidentemente era un antiguo comando o un guardaespaldas de primer nivel.
Y si un tipo tan duro estaba siendo humillado por la líder del Equipo Esperanza, quien además había ganado diez rondas consecutivas...
Ellos, un montón de debiluchos que solo sabían quemarse las pestañas estudiando, ¿quién se iba a atrever a desafiarla?
Sin mencionar...
Que hacía unos momentos había sido el propio juez quien provocó abiertamente al Equipo Esperanza.
Ahora que lo tenían sometido, se lo tenía bien merecido.
Incluso... les resultaba hasta satisfactorio.
Imagínense esto.
Si nadie le hubiera puesto un freno al juez Humberto.
¿Acaso no los hubiera pisoteado a todos durante estos cinco días?
A cualquiera que no le bajara la cabeza.
Lo agarraría de encargo.
¿Tal como estaba haciendo con el Equipo Esperanza?
Bajó la vista, miró su zapato y frotó la suela contra el suelo con desdén, como si acabara de pisar algo asqueroso.
Luego, metió las manos en los bolsillos y, con una mezcla de pereza y superioridad, miró de reojo a Humberto, esbozando una levísima sonrisa.
Hermosa y absolutamente cruel.
—¿Lo escuchó?
—La voz del pueblo es la voz de la verdad.
—Juez Humberto, fíjese por dónde camina; tropezarse en terreno plano y caerse a cada rato es una verdadera lástima.
Humberto, a duras penas, logró ponerse de pie. Con la rodilla destrozada, no podía apoyar la pierna en el suelo, manteniéndola suspendida en el aire. Con cada pequeño movimiento, se le escapaba un suspiro de dolor.
Al escuchar las palabras de Kiara.
Su cuerpo tambaleó un par de veces.
El simple roce de su pierna herida le provocaba ráfagas de dolor que lo dejaban cubierto de sudor, contorsionando su rostro por completo.
Pero no se atrevió a decir nada en su contra.
Ni siquiera tuvo el valor para maldecirla.

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