—Jajaja. Qué pena, cada quien cava su propia tumba. Solo nos queda desearles suerte.
Sabrina temblaba de furia y gritaba apretando los dientes.
—¡Ya dije que puedo hacerlo yo sola! ¡No soy como ustedes, par de perros que suplican atención!
—¡Ja! ¡Jajajaja!
De pronto, una risa estridente cortó el aire.
La compañera que acababa de recibir la bofetada comenzó a reír.
Con la mano en la mejilla enrojecida y las lágrimas aún brotando, sus ojos, rojos de coraje, se llenaron de furia.
—¿Por ti misma?
Miró fijamente a Sabrina y soltó una carcajada amarga.
—Sabrina, ¿no tienes vergüenza?
—Desde que llegamos a la isla, aparte de dar órdenes estúpidas y tratar mal a los demás, ¿has hecho algo productivo?
—No sabes procesar los datos, no sabes construir un modelo. ¡Eres una inútil, ¿te enteras?!
—¡Eres una tonta y ni siquiera quieres aprender! Ayer Kiarita dio su clase y no nos dejaste ir. ¿Y qué pasó? ¡Por tu miserable orgullo tiraste por la borda el futuro de todo tu equipo!
—¿Sin la guía de Kiarita, crees que vas a lograrlo?
—¡Jamás en tu vida llegarás a tocar el algoritmo central!
—¿Y me golpeas? ¡¿Con qué derecho me golpeas?!
—¡Sí, tienes razón, soy patética! ¡Soy patética por creer en tus mentiras y formar equipo contigo!
—¡Pues quédate aquí soñando tú sola, pedazo de idiota!
—¡Renuncio! ¡Ya no voy a aguantar tus caprichos!
Dicho esto, la compañera se arrancó la placa del equipo del pecho y se la lanzó a Sabrina con todas sus fuerzas.
Luego dio media vuelta y salió corriendo del comedor sin mirar atrás.
Sabrina quedó paralizada por el regaño.
En toda su vida, ¿cuándo alguien se había atrevido a señalarla y llamarla inútil e idiota en su cara?
¡Y lo peor de todo, que fuera alguien de su propio equipo!
—Me das náuseas. Formar equipo contigo ha sido la mayor humillación de mi vida.
—¿Te crees mucho solo porque tienes a tu papito? Pero no le llegas ni a los talones a Kiarita. No sirves ni para amarrarle los zapatos. No lo mereces.
—¿Entiendes? Idiota. ¡No le llegas ni a los talones!
—Yo también me retiro de este concurso. Hagan lo que se les dé la gana.
Dicho esto, el joven empujó su silla con el pie y caminó hacia la salida.
Al llegar a la puerta.
Se detuvo de golpe, miró a Sabrina por encima del hombro y dijo cada palabra con firmeza.
—Y una cosa más: somos personas, no perros.
Terminó y salió del comedor, sin mirar atrás.
En un abrir y cerrar de ojos.
El Equipo Atrapasueños se había desmoronado.
Solo quedaban Sabrina, Pamela Ibarra y un último compañero que temblaba encogido, aterrorizado de decir una sola palabra.

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