Uno de los miembros del panel de jueces, que estaba de pie en la puerta, la miró con expresión incómoda.
—Señorita Benítez, ya se lo hemos explicado varias veces. No somos nosotros los que queremos bloquearle el paso ni impedirle entrar. Es una decisión disciplinaria reciente de la junta de supervisión, y solo estamos siguiendo las reglas.
Mientras hablaba, el juez intentó entregarle un documento con la notificación de la sanción.
Pero Sabrina le dio un manotazo violento para apartarlo.
—¡¿Qué junta de supervisión?! ¡Me importa un rábano! ¡Este es mi cuarto y voy a entrar ahora mismo!
Los del panel de jueces nunca imaginaron encontrarse con alguien tan irrazonable y caprichosa.
Al juez que intentó darle el documento le quedó el dorso de la mano rojo por el golpe.
Su expresión se endureció, pero logró contener su enojo.
—Señorita Benítez, se lo diré seriamente por última vez. Durante la competencia, el Equipo Atrapasueños provocó un grave incidente de seguridad, el cual tuvo consecuencias severas y un impacto terrible en los demás competidores.
—La familia Fuentes, responsable de traer esos equipos a la isla, ya recibió su castigo. Y el Equipo Atrapasueños, que utilizó dicho equipo y causó este desastre, debe enfrentar la misma sanción.
El hombre desdobló la notificación de castigo y se la puso a Sabrina frente a la cara.
—La junta de supervisión ha considerado que todavía están en la etapa de competencia, así que, por el momento, la sanción consiste únicamente en revocarles el derecho a usar los dormitorios de la Zona S.
Sabrina abrió los ojos como platos.
—¡¿Se atreven a echarme?!
El juez sintió que tratar de razonar con la heredera de los Benítez era una pérdida de tiempo.
Era como si la chica no entendiera el idioma.
El hombre tomó aire profundamente y continuó:
—Originalmente, la junta también iba a confiscarles el laboratorio que están usando. Fue Humberto quien tuvo que rogarles e insistir muchísimo para convencerlos de que les dejaran el laboratorio y conservaran su derecho a seguir compitiendo.
—Señorita Benítez, le pido que sea comprensiva. Causaron la ira de muchos participantes que se vieron afectados por su error. La organización tiene que darles una respuesta.
Pero Sabrina no escuchó ni una sola palabra. Llena de rabia, volvió a levantar la mano para golpear el documento que le ofrecían.
—¡Me importa un bledo! ¡A mí también me engañaron! Usé esos malditos equipos defectuosos, lo que arruinó el progreso de mis experimentos, ¡y yo no me he quejado! ¡¿Con qué derecho me castigan a mí?!
Mientras tanto, no paraba de insultarlos.
—¡Malditos perros guardianes! ¡Parece que ya no quieren trabajar!
—¡Van a ver, haré que los despidan a todos!
Justo cuando Sabrina levantó la mano, lista para lanzar otro zarpazo con las uñas por delante...
Uno de los jueces la tomó fuertemente por la muñeca y, con un movimiento rápido, la empujó hacia atrás.
Sabrina retrocedió torpemente y cayó sentada en el suelo de un golpe seco.
Se veía patética y desaliñada.
—Señorita Benítez, le pido que se calme —dijo uno de los jueces.
Todos los miembros del jurado tenían algún rasguño o marca que les había dejado Sabrina.
Ya habían perdido la paciencia, y sus rostros mostraban una fría hostilidad.

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