—Entonces nos aseguraremos de que no vuelvan a ver la luz del día —sentenció Joaquín.
Su mirada se fijó en las coordenadas de la pantalla, oscureciéndose con una frialdad letal.
—Vamos... creo que es hora de ir a conocer a ese famoso Señor Enviado.
...
Aguas internacionales.
Isla privada.
En las profundidades del edificio negro, la sala de control principal estaba envuelta en una luz lúgubre.
Un hombre, completamente cubierto por una capa oscura, estaba sentado en una inmensa silla de cuero.
Alzó la cabeza lentamente, revelando el rostro que se ocultaba bajo la capucha.
Ese rostro... ya no podía considerarse humano.
Su piel, de un tono grisáceo y marchito, estaba plagada de venas púrpuras y negras que sobresalían de manera grotesca y retorcida.
Sus músculos parecían petrificados, rígidos como si fueran piedra.
Bajo el débil resplandor de las pantallas, parecía un demonio recién arrastrado desde las entrañas del infierno.
—Señor Enviado, la familia Benítez ha sido eliminada por completo.
Un subordinado, con el rostro igualmente desfigurado y cubierto por una capa negra, apareció en silencio detrás del hombre. Inclinó la cabeza con absoluta reverencia.
—Je —soltó el hombre una risa áspera, con los ojos clavados en el enorme monitor.
Levantó la mano y pulsó una tecla.
Eran dedos anormalmente largos y delgados, con uñas negras y afiladas. Bajo ellas, se distinguían restos de una sustancia rojiza y seca.
Era una visión retorcida y espeluznante.
En la pantalla, una de las cámaras de seguridad se amplió.
Las imágenes mostraban en vivo los restos humeantes de la residencia de los Benítez en Clarosol.
La mansión estaba envuelta en llamas.
El laboratorio subterráneo había sido reducido a escombros.
Cualquier rastro, documento o conexión con el Laboratorio Ocaso Negro había sido borrado de la faz de la tierra.
La comisura de los labios del Enviado se elevó lentamente.
Era una sonrisa tan macabra que pondría los pelos de punta a cualquiera.
—Una basura como la familia Benítez debería sentirse honrada de haber servido como nuestros perros. ¿Y después de haber fracasado, de verdad creían que la organización movería un dedo para salvarlos?

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