Mientras el grupo de guardias seguía su camino, uno de ellos murmuró:
—Ahora que lo mencionan, nuestro Señor Enviado fue uno de los primeros sujetos de prueba, ¿no?
—¡Shh! Cállate la boca, idiota. El suero neuronal que le inyectaron al Señor Enviado no tiene nada que ver con la obra maestra que se subasta hoy.
—¿Acaso no has visto cómo le quedó la cara al jefe...?
—¿Es que te quieres morir? ¡Ese es el tabú más grande de la isla! Si el Señor Enviado te escucha, desearás no haber nacido.
Antes de que el soldado pudiera decir más, los demás lo callaron por completo.
El grupo guardó un silencio sepulcral, aterrorizado de decir una palabra más.
Los pasos se desvanecieron en la distancia.
Escondidos en la oscuridad, Kiara y Joaquín cruzaron miradas.
Una subasta.
Un suero de modificación neuronal.
Resultaba que ese retorcido Laboratorio Ocaso Negro realmente había logrado desarrollar algo así.
Kiara levantó la vista, enfocándose en la dirección donde se llevaba a cabo la subasta.
En sus ojos, normalmente tranquilos y serenos, ahora ardía una furia gélida y un instinto asesino palpable.
Un único suero exitoso.
Pero el precio detrás de esa pequeña ampolla azul... eran decenas de miles de vidas humanas.
Vidas inocentes.
El resultado de miles de sujetos de prueba agonizando en laboratorios subterráneos, con la carne destrozada y gritando en la desesperación absoluta.
Eran miles de niños huérfanos, estudiantes de bajos recursos a los que les habían robado el futuro. Amarrados vivos a mesas quirúrgicas, drenados de su sangre, con los huesos fracturados para extraerles la médula.
Todo su sufrimiento y tortura había sido reducido a simples números fríos en un reporte de datos.
Todo para producir esa única y maldita dosis.
Y esos asquerosos magnates, sentados cómodamente en la cúspide de la pirámide mundial... ¿sabían acaso cuánta sangre manchaba ese suero?
Incluso si lo supieran, ¿les importaría?
Por supuesto que no.
A ellos solo les importaba comprar un par de años más de vida.
¡Con tal de salvar su propio pellejo, pisarían los cadáveres de miles de inocentes y celebrarían sobre ellos sin dudarlo!
Con tal de vivir, se creían con el derecho de arrebatarle la vida a los demás.

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