Antes de fallecer, su abuela le deslizó en secreto un paquete envuelto con mucho cuidado.
Le repitió hasta el cansancio que ese objeto era únicamente para ella y que, bajo ninguna circunstancia, debía entregárselo a los Zúñiga.
En ese momento, Kiara pensó que se trataba de las escrituras y documentos de las acciones del Grupo Zúñiga.
Su única meta era cumplir el último deseo de la anciana: regresar con los Zúñiga, buscar a sus padres biológicos.
Quería hacerse de un lugar en la familia para que, desde el cielo, su abuela se sintiera orgullosa y tranquila.
Sin embargo, era obvio que ese porcentaje de acciones desataría la furia y la avaricia de Dana.
Por tal motivo, Kiara nunca tuvo intención de aceptar esas acciones, y simplemente enterró el paquete detrás de la lápida.
Pero ahora...
Ahora que sabía de la existencia de Ocaso Negro.
Al descubrir que el líder en las sombras de Ocaso Negro había conocido a su abuela en el pasado.
Rememorando aquel momento, Kiara se dio cuenta de que la mirada que le dedicó su abuela al entregarle el paquete, no era la de alguien que simplemente dictaba su testamento.
En esos ojos había palabras que jamás salieron de sus labios.
Un brillo oscuro y calculador cruzó por la mirada de Kiara.
Su instinto se lo gritaba.
Lo que su abuela dejó antes de morir, no podía ser algo tan vulgar como unas simples acciones comerciales.
Era muy probable que tuviera un nexo directo con Ocaso Negro.
Y esa era la verdadera razón de su regreso a Pueblo Barro.
Kiara avanzó un par de pasos y se acuclilló detrás de la pesada lápida de piedra.
Comenzó a cavar la tierra con sus propias manos.
No tardó mucho.
Sus dedos rozaron el bulto que había sepultado años atrás.
Retiró la tierra de alrededor, extrajo el paquete y lo sacudió para quitarle el polvo.
Con sumo cuidado, quitó los envoltorios capa por capa.
En efecto, dentro yacía un documento legal, firmado, con la huella dactilar y certificado por un notario, sobre la transferencia total de acciones.
Era el traspaso mediante el cual su abuela le cedía a Kiara la totalidad de sus acciones del Grupo Zúñiga.
La firma rezaba: Julia Vargas.
La fecha coincidía exactamente con el día previo a su decimosexto cumpleaños.
Al observar el documento, a Kiara le ardió la mirada y sintió un nudo en la garganta.
Apretó los labios ligeramente y sacó las escrituras a un lado.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste