Kiara siguió la mirada de la chica.
A poca distancia.
Los equipos representativos de Aquilinia y Oricalco acababan de salir.
Los organizadores enviaron personal a recibirlos de inmediato, saludándolos con sonrisas que les llegaban de oreja a oreja.
Incluso, habían dispuesto toda una flota de autos de lujo.
Hasta contaban con patrullas de la policía local abriendo paso con las sirenas.
La escena, el despliegue, era simplemente monumental.
Para otras naciones con un poco menos de influencia, se dispusieron autobuses amplios y cómodos.
Aunque el trato no se comparaba con el de Aquilinia, al menos era decente.
Pero para las naciones con menos peso, como Solarenia, los dejaron esperando de pie.
Y lo que llegó no fue un autobús normal, sino un minibús destartalado en el que tendrían que ir apretados.
Era un doble estándar demasiado evidente.
—¿Dónde están nuestros vehículos? ¡Muchos competidores ya se fueron! —Rosana se puso de puntillas, buscando ansiosa por todas partes.
Llevaban esperando muchísimo tiempo.
Y nadie de la organización les prestaba la más mínima atención.
—En teoría, el poder actual de Solarenia no es inferior al de Aquilinia. Si en Hesperia son tan elitistas, ¿no deberían haber enviado a alguien a recibirnos hace rato? —dijo Mariana Moreno, frunciendo el ceño.
Muchos otros competidores también comenzaron a buscar con la mirada.
—No se molesten en buscar, nuestro transporte está allá —dijo Santiago, ajustándose los lentes.
—¿Dónde, dónde? —preguntó Rosana, asomándose rápidamente.
Los demás competidores también miraron hacia donde él señalaba.
Y al instante, estallaron de furia.
En un rincón apartado, había un minibús estacionado.
El vehículo estaba en condiciones deplorables: las ventanas estaban rotas, la pintura descascarada y estaba lleno de rayones.

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