Kiara se acomodó en el asiento del copiloto y miró de reojo a Escorpión, quien estaba visiblemente emocionada por aquellas palabras mágicas: «paraíso gastronómico». Soltó un suspiro silencioso.
La pobre mujer no se daba cuenta de nada.
Kiara sintió un poco de lástima por su hermano.
Definitivamente, el camino para conquistar a su amiga iba a ser muy largo.
—¡Ah, por cierto! —Escorpión recordó algo de golpe, se inclinó para tomar una laptop ultradelgada del asiento trasero y se la puso a Kiara en el regazo, sonriendo de oreja a oreja—. Casi olvido a lo que vine, reina. Ya mandé gente a vigilar ese Centro Tecnológico como me pediste. Aquí tienes las imágenes de las cámaras y algunos archivos de su red interna.
Mientras hablaba, Escorpión tecleó con destreza y abrió varias ventanas de video.
En la pantalla aparecieron las cámaras de seguridad en tiempo real del interior del Centro Tecnológico de Hesperia.
—Ese lugar es una fortaleza. La seguridad es absurda y su cortafuegos es una pesadilla —comentó Escorpión, haciendo una mueca—. Si no fuera porque Joaquín nos echó una mano para abrir una brecha desde afuera, nuestros muchachos ni siquiera habrían logrado rasguñar el sistema.
Al mencionar a Joaquín, Escorpión chasqueó la lengua.
—Pero gracias a su ayuda, ahora sabemos con total seguridad que este Centro Tecnológico está ligado a Ocaso Negro. Y además, los de esa organización han estado moviéndose de forma muy extraña últimamente.
Escorpión cambió de pestaña en la pantalla.
Apareció una larga lista de registros de entrada cruzados con perfiles de personas.
—Mira a esta gente —dijo Escorpión, apuntando con el dedo—. Todos estaban en la lista de nombres que Joaquín sacó de la base de la isla de Ocaso Negro. Muchos han viajado a Hesperia en secreto durante los últimos días, y han estado entrando y saliendo del Centro Tecnológico.
—Yo creo que los de Ocaso Negro quieren aprovechar que este evento internacional tiene a los mayores genios del mundo reunidos para hacer alguna de las suyas en las sombras.
Kiara bajó la mirada para observar la lista, y sus ojos se oscurecieron.
Levantó las manos y sus largos dedos volaron sobre el teclado.
En un instante, la pantalla se dividió en decenas de pequeñas ventanas que mostraban fragmentos de las cámaras de seguridad.
Efectivamente, había varios rostros conocidos de esa lista negra.
Empresarios influyentes, líderes internacionales, millonarios de cuna.
Toda una colección de escoria disfrazada de gente decente.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste