Era más bien un instinto protector que venía desde los huesos.
El caso es que ese hombre no le agradaba en absoluto.
Frunció el ceño con severidad y lo miró con malos ojos:
—¿Tú quién eres?
Su tono era duro y autoritario, casi como el de un padre furioso:
—No pareces ser participante del torneo. ¿Qué hace alguien ajeno a la competencia metido en la habitación de una competidora a mitad de la noche?
Bajó la vista directamente a la mano de Joaquín apoyada en la cintura de Kiara y articuló cada palabra:
—Quita tu mano de ahí.
Al escuchar eso, Joaquín no solo no la soltó, sino que jaló a la chica más hacia su pecho.
Levantó levemente el mentón y sus ojos brillaron con una provocación arrogante:
—Soy el prometido de Kiki.
—Señor seguridad, ¿no le parece que se está entrometiendo demasiado?
El rostro de Esteban cambió y su voz se volvió más fría:
—Lo digo por el bien de la competencia. Si los organizadores se enteran de que un intruso se reunió a solas con una competidora, le causará un gran daño a la reputación de la capitana Kiara.
Joaquín arqueó una ceja:
—A Kiki no le importa. ¿A ti por qué te afecta tanto, simple guardia?
—¡Tú! —Esteban apretó los dientes.
Efectivamente, su primera impresión fue correcta.
Ese sujeto le caía pésimo.
Meterse a medianoche, sin dormir, con la camisa abierta, en la habitación de una chica.
Estaba claro que no tenía buenas intenciones.
¿Acaso un hombre decente actuaría así, manchando la reputación de una señorita?
¡Seguramente era un aprovechado con intenciones oscuras!
Esteban, con el ceño arrugado, miró a Kiara y le habló con tono severo:


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