Mientras se secaba el cabello con una toalla, caminó hacia el tocador.
Pero tras dar un par de pasos, se detuvo.
En su enorme cama de estilo princesa, un hombre descansaba perezosamente.
Con un aire frío, elegante y absurdamente atractivo.
¿Quién más podía ser sino Joaquín?
El hombre había arrojado su saco oscuro a un lado.
Llevaba la corbata floja y varios botones de la camisa desabrochados, dejando a la vista el contorno de su pecho firme y sus definidas clavículas.
Tenía una actitud relajada que contrastaba con su porte imponente.
La cálida luz de la lámpara acentuaba su hermoso rostro, dándole un aura casi mística, pero increíblemente seductora.
Parecía un zorro salvaje y letal que intentaba fingir inocencia.
Kiara se quedó en silencio.
Sin cambiar de expresión, le lanzó la toalla directamente a la cara.
—¿No te habías ido? ¿Qué haces aquí?
Joaquín levantó la mano, se quitó la toalla del rostro con parsimonia y la miró con una sonrisa coqueta en sus cautivadores ojos.
—Te extrañaba.
Kiara curvó los labios con sarcasmo.
—Te fuiste hace diez minutos.
Joaquín se incorporó y respondió con total seguridad:
—Diez minutos es mucho tiempo.
Kiara se sentó frente al tocador, ignorándolo.
—Tienes mucho valor. ¿No te da miedo que mis hermanos te encuentren y te destrocen a golpes?
—Sí, tengo miedo.
Pero, a pesar de sus palabras, Joaquín se levantó con la toalla en la mano y caminó hasta quedar detrás de ella.
Con total naturalidad, le puso la toalla sobre los hombros y comenzó a secarle el cabello.
Sus movimientos eran suaves, y su voz estaba llena de diversión.
—Por eso entré por la ventana.
Kiara se quedó sin palabras.
El heredero de los Carrasco,
entrando por la ventana a medianoche,
y además, lo decía con orgullo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste