Al llegar al comedor,
Gloria ya había puesto un desayuno elegante. En cuanto Joaquín la vio bajar, se le iluminó la mirada y fue hacia ella.
—Kiki.
—Ajá —respondió Kiara, se sentó y tomó una cuchara para beber la sopa.
Joaquín, por reflejo, le acercó el vaso.
Luego tomó los cubiertos e intentó servirle unas empanaditas rellenas.
—Gracias, pero voy a tomar sopa. No necesito leche —Kiara alzó la mirada; sus ojos estaban serenos, sin emoción de más—. Tú también come, no tienes que estar al pendiente de mí.
Dicho eso, evitó lo que él le estaba ofreciendo y tomó otra cosa del plato para comer con calma.
Hizo todo por su cuenta. Comió rápido, y aun así se veía fina al hacerlo.
Solo que, a diferencia de ayer…
no lo miró ni una sola vez.
Los dedos de Joaquín se le tensaron alrededor de los cubiertos. Se quedó sentado, viéndola en silencio.
Por fuera…
se veía igual que siempre.
Pero, al mismo tiempo, se sentía completamente distinta.
Miró la leche que no le aceptó y lo que le había servido, ahora abandonado en su propio plato.
La decepción le pesó horrible.
Se quedó callado, observándola, con una expresión difícil de leer.
El desayuno terminó en un silencio raro, incómodo.
Kiara dejó los cubiertos.
—Jorge, préstame el carro un día más.
—Señorita Ibarra, ¿otra vez va a salir? —Jorge miró a Joaquín y le entregó las llaves.
—Sí. En la noche no me esperen para cenar —pensó un segundo; seguramente se quedaría hasta tarde, mejor cenaba allá con Magdalena y los demás.
Hizo un gesto con la mano y, cuando ya iba a irse, se acordó de algo.


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