Los diamantes pequeños incrustados en los pétalos estaban torcidos; más allá de brillar bajo las lámparas, no tenían nada de estética.
Y los hilos dorados que representaban las espinas estaban enredados de forma dispareja…
Nada que ver con la delicadeza del boceto.
Pero Dana, obviamente, no entendía esos detalles.
Ella solo vio que, al quitar la tela, ese collar la deslumbró.
En el acto, se relajó, incluso con un tonito presumido:
—¿Que mi hija no sabe fabricar joyería? ¡Claro que sabe! ¿No ven? ¡Le quedó perfecto! ¡Es igualito al boceto!
Soltó una risa fría:
—Yo les dije: mi hija es una genio, la futura gran estrella del mundo de la joyería. Ustedes…
No terminó.
Tristán la jaló con fuerza del brazo y la sentó de nuevo.
Hasta Benjamín le sostuvo el otro brazo:
—Mamá, ya cállate tantito.
Estaban muriéndose de vergüenza.
Aunque de verdad creyera que Catalina era una genio, eso era algo que debían decir los demás.
Que ella estuviera ahí pregonándolo…
Solo les daba material.

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