—Ajá. —Kiara soltó una risita sin gracia, alzó la ceja y la miró de arriba abajo—. Tú sabes perfectamente qué traes. Si te da envidia, dilo y ya. ¿Para qué la actuación?
—¿Otra vez con lo de robar? La vez pasada te metiste a mi cuarto a llevarte mi laptop, y ahora… está difícil no pensar que te volviste loca de celos y quieres robarte el regalo que me dio Joaquín.
Remarcó, con toda la intención, “el regalo que me dio Joaquín”.
La frase, tan directa, le pegó a Pamela como cachetada: se le fue la cara entre verde y roja, hasta que terminó completamente desencajada.
Se quedó viendo el rostro de Kiara, frío y perfecto.
Era solo una rancherita… ¿por qué Kiara siempre podía pararse como si estuviera por encima de todos?
Los celos que llevaba años tragándose le reventaron por dentro.
Y al fin se quitó la máscara:
—¿De qué te ríes, Kiara? ¿Te crees mucho por haber regresado? Te aviso algo: ¡yo soy la consentida de esta casa! ¡Al abuelo, a mi papá y a mi mamá, la única que les importa soy yo! Tú llegaste después, eres una cualquiera que salió del rancho… ¡no vas a compararte con veinte años de cariño!
—¡No creas que porque ahorita te tratan bien ya puedes pisotearme! Lo único que sienten por ti es lástima. Cuando vean quién eres en realidad, van a entender que la única que merece ser llamada señorita Ibarra… ¡soy yo!
—¿Ah, sí? —Kiara alzó la ceja; su mirada estaba cargada de burla—. ¿Ya no vas a fingir?
La calma con la que lo dijo solo la enfureció más. Pamela, con la cara torcida, soltó una risa helada:
—¿Y tú de qué presumes? Mira nada más: llevas tanto tiempo aquí… ¿y quién ha dicho que te van a hacer una fiesta para presentarte como parte de la familia? ¿Quién ha dicho que van a anunciar al mundo que tú eres la señorita Ibarra?
—¿Sabes por qué? Porque eres una rancherita. Una inútil que ni la prepa terminó. Todos te están evaluando, a ver si una pobretona como tú tiene derecho a ser “la hija” de la familia Ibarra, a ver si no nos haces quedar en ridículo.
Kiara la miró en ese estado, histérica, y le pareció hasta chistoso.
El primer día que volvió, el abuelo le preguntó cuándo quería hacer esa fiesta.

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