La que habló fue Yolanda, la misma que seguía arrastrándose lentísimo por un rincón.
Seguramente por fin había encontrado la oportunidad de recuperar tantita dignidad.
Ya qué.
Si ya estaban en esas, pues a jugársela.
Y si le salía…
Era el señor Montiel.
¡El tiburón de las finanzas internacionales, el señor Montiel!
Pamela también lo entendió; de golpe se le iluminaron los ojos.
Si salvaba al señor Montiel, todos la iban a ver como una santa. ¿Quién se iba a acordar del oso que acababa de pasar?
Y aunque se acordaran… ¿y qué?
Con que ella lo salvara, nadie se iba a atrever a decir ni una palabra.
Con ese empujoncito de Yolanda, Pamela encontró al instante cómo darle la vuelta a todo.
Levantó la cabeza y miró al señor Montiel.
—Sí. Estoy estudiando Medicina en la Universidad Libre del Sur. Mi tutor es el profesor Cáceres, subdirector del Hospital San Juan de Dios. Por los síntomas del señor Montiel… sí, antes practiqué este tipo de manejo en una rotación con el profesor Cáceres. Creo… creo que puedo salvarlo.
Mientras hablaba, se apresuró a ponerse de pie.
Pero después de estar tanto rato de rodillas, tenía las piernas hechas trizas, entumidas, como si no le respondieran.
Por levantarse con tanta prisa, volvió a perder el equilibrio y cayó al piso otra vez, delante de todos.
El golpe en las rodillas le sacó el sudor frío.
Se le subió el color a la cara, como si ya escuchara las risitas alrededor.
Apretó los puños; tenía los ojos rojos, con más ganas todavía de usar lo del señor Montiel para lavar la humillación.
Con terquedad, Pamela se levantó de nuevo y, arrastrando las piernas adormecidas, avanzó hacia Yael.
Los tres doctores que venían con él se hicieron a un lado de inmediato.


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