Siempre hay alguien mejor allá afuera.
¿Quién puede asegurar que es el número uno en lo suyo?
Kiara se burló con una media sonrisa y ni lo peló.
En vez de eso, se fue por un lado, lista para irse.
—¡Kiara!
Ricardo la llamó, apurado. Agarró un expediente de al lado y caminó hacia ella.
—Tú también lo oíste: el tumor está en un punto bien complicado. Si operamos ahorita, la probabilidad de éxito ni llega al 10%. Si tanto presumes tu medicina tradicional… a ver, demuéstralo. Sin bisturí: sálvalo.
Prácticamente lo estaba gritando.
Su tono histérico hizo que varios del equipo de urgencias voltearan, alarmados.
—Doctor Zúñiga, los signos vitales están cayendo. ¿Qué está haciendo? —le reclamó otro médico, desesperado.
Pero Ricardo parecía no escuchar a nadie. Se quedó clavado en Kiara.
Y le encajó el expediente casi en la cara.
Kiara apenas le echó una mirada al CT del expediente abierto.
Luego apartó la vista, sin ganas de seguirle el juego, y lo rodeó para irse.
—¡Kiara! —Ricardo dio un paso y se le plantó enfrente—. ¿Qué, no que la medicina tradicional era lo máximo? ¿No que servía para todo? ¿Y ahora qué, ya no?
Kiara alzó la mirada. Sus ojos fríos se posaron en esa cara casi fuera de sí, y soltó una risa cortante.
—¿Tengo que probarte algo a ti? Quítate.
—Tú… —Ricardo no pensaba moverse.
No alcanzó a terminar cuando una enfermera gritó, espantada:
—¡No! ¡Está teniendo una hemorragia cerebral! ¡El sangrado se está extendiendo! ¡Si no lo metemos a cirugía ya, el paciente…!
Los familiares que habían llegado con el paciente se desplomaron. Una mujer se dejó caer al piso y se soltó llorando.
—Doctor Zúñiga… por favor… salve a mi papá, por favor…


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