—¡Adriana! —La expresión de Marcos Quintana se ensombreció al instante y soltó un grito lleno de furia.
La boca de Adriana se movió. Con cierta frustración, se mordió el labio inferior y habló con un tono de resentimiento.
—Yo... no lo decía con mala intención. Solo quería advertirle a mi prima Kiara que en Aquilinia no se debe presumir ni prometer cosas imposibles, porque luego mi abuelo tendrá que limpiar su desorden...
—Bueno, bueno. Abuelos, les traje el desayuno. Coman algo primero —Pamela fingió amabilidad para cambiar de tema, acercándose a ellos con las bolsas en la mano.
Justo cuando iba a dejarlas sobre la mesa, notó dos recipientes térmicos apoyados a un lado.
Sus dedos se detuvieron y forzó una sonrisa.
—Vaya, parece que mi prima ya les había preparado el desayuno... Y por lo visto, lo hizo con sus propias manos...
El de ella lo había comprado rápidamente en la cafetería de la clínica.
—Qué detalle tan lindo de tu parte, Pamela —dijo Silvia con una sonrisa maternal, notando la decepción de la chica y apresurándose a tomar su bolsa—. Las dos piensan mucho en nosotros, son un par de chicas maravillosas.
Adriana miró de reojo los recipientes y se tapó la nariz de manera exagerada.
—¡Ay! ¿Qué es ese olor? ¿Por qué huele a podrido?
Claramente, Adriana lo hacía a propósito.
Mientras hablaba, se acercó con la intención de abrir uno de los recipientes, planeando un accidente para derramarle toda la comida a Kiara en la cabeza.
¡Quería ver si esta pueblerina se atrevía a seguir jugando sucio!
¿Acaso creía que ganaría puntos con los abuelos preparándoles el desayuno?

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