Mientras se alejaban, desde el pasillo todavía se podía escuchar la voz de otro doctor preguntando:
—Director Whitmore, esa señorita... ¿quién es exactamente? Ni siquiera cuando un miembro de la realeza nos visitó lo vi tan servicial. ¿Por qué...?
—¡Cállate! —lo regañó Whitmore—. ¡No te atrevas a hablar a la ligera de mi Maestra! Lo único que necesitas saber es que ella es un milagro andante en la historia médica; la palabra genio se queda corta para describirla...
Las voces fueron desapareciendo.
La habitación del hospital volvió a quedar en silencio.
—Kiki... —Marcos, después de asimilar la sorpresa, sentía un inmenso orgullo—. ¿De dónde conoces al director Whitmore? ¿Por qué te trata con tanto...?
Kiara sonrió.
—No es nada del otro mundo. Hace un tiempo, una investigación que él lideraba casi termina en un desastre médico que habría arruinado su carrera para siempre. Dio la casualidad de que yo lo ayudé un poco. Simplemente me está devolviendo el favor.
Lo dijo con mucha ligereza.
Pero los abuelos no eran tontos, sabían leer entre líneas.
Con esa actitud que demostró Whitmore, eso de ninguna manera parecía solo devolver un favor.
¡Prácticamente la veneraba como si fuera un dios!
¡Tal sumisión, tanta devoción y reverencia!
Pero, como Kiara prefería no entrar en detalles, no insistieron con el tema.
¡Resultaba que su propia nieta era una persona increíble!
—¡Kiki es simplemente maravillosa! —Silvia tomó la mano de Kiara, sintiendo cada vez más cariño y orgullo—. ¡Hasta el director Whitmore tiene que obedecer tus órdenes! ¡A partir de ahora, quiero ver quién se atreve a molestarte en Aquilinia!
—¡Con Kiki, el legado de la familia Quintana está asegurado!
...
Esta conmovedora escena fue presenciada por las otras dos personas en la habitación, dejándoles un sabor amargo.
Esperaban ver a Kiara humillada y en ridículo.
Pero en lugar de eso...
¡Incluso alguien como el director Whitmore seguía sus órdenes al pie de la letra!
Probablemente en toda la familia Quintana ya no habría espacio para ella.
Como la típica niña rica y mimada, Adriana estaba acostumbrada a ser siempre el centro del universo.
Que Kiara la avergonzara y le quitara su lugar era algo que, como la princesa consentida que era, simplemente no podía tolerar.
Movió los ojos rápidamente y, forzando su mejor sonrisa inocente, dijo con un tono ingenuo:
—¡Vaya! ¡Prima Kiara, eres fantástica! ¡De verdad conseguiste que el director Whitmore viniera! Es el vicepresidente de la Cumbre Médica Internacional, ¿y hasta alguien como él necesitó tu ayuda para evitar una crisis? Entonces, ¿eso significa que eres mejor doctora que el mismísimo director Whitmore?
Pestañeó varias veces, como si su elogio viniera del fondo de su corazón.
Incluso la miraba con falsa admiración.
Ciertamente, sus dotes actorales eran impresionantes.
Kiara alzó levemente la vista, lanzándole una mirada perezosa, y respondió con una calma absoluta:
—Así es. Así que, prima Adriana, ve alistando los papeles del auto deportivo que te regaló mi tío y pásalo a mi nombre.

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