—Vaya.
Simón soltó una carcajada ronca, sin apartar la mirada del delicado perfil de la joven.
Sonrió, con los ojos repletos de interés y admiración—. Ay, mi sobrinita, te... acabo de atrapar.
Ese perfil...
Esa mirada...
Eran exactamente iguales a los de la mujer que llevaba una máscara plateada, ¡la misma que le había robado el microchip valorado en mil millones!
Y ahora, ¿cómo pensaba su dulce sobrina zafarse de esta?
—¡Ahhhhh! ¡Dios santo! ¡Está volando! ¡Ese coche realmente está volando!
—¡¿Esos son los Pasos de Baile al Filo del Abismo?! ¡¿Cómo diablos pudo hacer algo así?!
¡La multitud enloqueció por completo!
¡Pum!
¡El superdeportivo aterrizó de forma impecable!
Los neumáticos derraparon contra el asfalto al otro lado del puente, y el auto siguió acelerando a fondo.
Y con ese salto brutal...
Dejó a Hugo comiendo polvo, relegándolo muy atrás.
¡Llevaba una ventaja descomunal!
Parecía que el resultado de la carrera ya estaba más que claro.
¡Screeech!
Adriana pisó los frenos al ver cómo Kiara ya se perdía a lo lejos en el tramo siguiente.
Sus ojos inyectados en sangre desbordaban unos celos enfermos y un terror profundo.
¡No podía perder!
¡No podía permitir que Kiara le ganara!
¡De ninguna manera se dejaría pisotear por una muerta de hambre venida de la provincia!
En ese instante, a Adriana se le zafó el último tornillo.
Entrecerró los ojos, hundió el acelerador hasta el fondo y se metió por la vía de emergencia, tomando un atajo para darle caza a Kiara.
La vía de emergencia era un atajo utilizado por vehículos que no competían.
Estaba reservada exclusivamente para que el equipo médico pudiera atender de urgencia a los pilotos accidentados.
El hecho de que Adriana invadiera la vía de emergencia iba claramente en contra de la ética de cualquier carrera.
Aunque el Circuito Letal no tuviera reglas...
Se daba por sentado que los corredores se mantendrían dentro del trazado de la pista.
Les encantaban las emociones fuertes y los piques reñidos.
¡Pero no soportaban ese tipo de actos tan rastreros que iban en contra del espíritu deportivo!
Si todos los corredores se pusieran a tomar atajos de emergencia...
¿Qué chiste tenía la competencia?
¿Qué sentido tendría organizar un torneo?
Sin embargo, Adriana estaba sorda a los insultos y abucheos de la grada.
Solo tenía un único pensamiento taladrándole la cabeza: ¡Mandaría a Kiara directo al barranco para darle la lección de su vida!
Con los ojos inyectados en sangre, no le quitaba la vista de encima al superdeportivo rosa.
Y de pronto, por la ventanilla, vislumbró el hermoso y fino rostro de la chica, que pareció sonreírle de forma burlona.
Adriana ni siquiera supo cómo interpretar aquella sonrisa.
Sintió... como si estuvieran burlándose de un payaso ridículo y fracasado.
Su corazón dio un vuelco repentino.
De acuerdo a su propio plan...
¡Kiara no tendría por qué poner esa cara!
¡Debería estar aterrada, entrando en pánico, llorando a gritos dentro del auto y suplicándole piedad!

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