¿Por qué se estaba riendo?
¿Acaso era posible...?
¿Sería capaz de realizar otra maniobra milagrosa para esquivar un impacto directo?
¡Imposible!
¡En esas circunstancias, no había habilidad humana que pudiera salvarla!
Pero Kiara seguía sonriendo, efectivamente.
Incluso al ver que Adriana pisaba a fondo el acelerador para chocarla.
Lo único que hizo fue alzar la mirada con desdén y soltar un bufido burlón.
Jaló el freno de mano de golpe y dio un volantazo en dirección contraria.
El auto rosa hizo un giro brusco y violento.
Como si fuera la mismísima Cola del Dragón, esquivó el embate de Adriana por un pelo, ¡y la parte trasera de su coche azotó el frente del auto enemigo como un martillazo demoledor!
¡Pum!
Aprovechando la fuerza de su oponente, Kiara esquivó el peligro de salir volando por el barranco.
Y, por si fuera poco, el brutal impacto hizo que el coche de Adriana perdiera el control y terminara girando sobre su eje, enfilándose directo hacia el acantilado.
¡Screeech!
Las llantas delanteras quedaron flotando en el aire. El auto entero se balanceaba sobre el vacío, sujeto apenas por la parte trasera que había quedado sobre el pavimento.
El parachoques de Adriana estaba completamente destrozado.
—¡Ahhh! ¡Ahhhhhh!
Miró hacia el profundo abismo bajo sus pies, atrapada al borde de la muerte, tambaleándose.
Hasta ese instante, la razón regresó a la mente de Adriana.
Estaba tan muerta de miedo que sintió que el alma se le escapaba del cuerpo; estaba al borde del colapso.
El volante ya no respondía.
No se atrevió a mover un solo músculo. Temía que cualquier movimiento brusco provocara que el auto cayera al vacío...
—¡Ayuda! ¡Auxilio! ¡No me quiero morir, no quiero morir!
Empezó a llorar a mares, histérica, y hasta los pantalones se le mojaron.
Al ver aquel superdeportivo rosa tan cerca, gritó con todas sus fuerzas:
—¡Kiara, perdóname, me equivoqué...! ¡Por favor, sálvame! ¡Sálvame!
—Dale gracias a Dios de que eres de la familia Quintana —respondió Kiara tras darle un fuerte giro al volante para enderezar el coche.
Le había perdonado la vida y no la había lanzado al abismo únicamente por respeto a sus abuelos.
Los nervios de Hugo terminaron de destrozarse. En la última curva, cometió un error fatal que lo hizo estrellarse contra la pared, y su motor se apagó dejando escapar una estela de humo.
Y la línea de meta estaba justo ahí, al frente.
Kiara dio un frenazo abrupto, y el auto giró ciento ochenta grados sobre su propio eje.
Entonces...
Metió la reversa y hundió el pie en el acelerador.
¡El superdeportivo rosa cruzó la línea de meta en reversa, en lo que resultó ser un acto de la mayor humillación!
Semejante burla era mil veces más humillante que haber sacado el auto de Hugo volando a golpes.
Hugo, aún en shock, miró cómo el auto rosa encendía las luces altas de forma arrogante y desafiante, apuntando directo a sus ojos.
Sus pupilas se abrieron poco a poco.
Ese... ese estilo suicida de correr... esa técnica casi divina detrás del volante...
¿Por qué le resultaba tan familiar?
En especial aquel derrape por inercia en la curva, y el movimiento de la Cola del Dragón.
¡Esos eran los trucos estrella de una leyenda!
De quien había barrido con el mundo de las carreras, la persona conocida como el dios de las pistas... ¡Skye!

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