Kiara levantó una ceja y lo miró fijamente.
No dijo una palabra, pero su mirada fue muy clara: ¿Y a ti qué te parece?
De repente, a Simón le vino a la memoria lo que Kiara le había dicho horas antes en Villa de Hierro...
La Liga Espectro tiene a alguien capaz de arrebatarle vidas a la propia muerte: Milagros.
Simón unió los cabos. Las pupilas se le dilataron al instante mientras la miraba con absoluto estupor.
Su sobrina...
¡No me digas que también es Milagros!
¡¿Cuántas identidades secretas tenía esta niña?!
Simón estaba tan anonadado que su cerebro hizo cortocircuito.
Tardó un buen rato en poder tragar saliva.
—Pero... pero el riesgo de esa cirugía es altísimo, y se trata de tu propio familiar... me temo que...
Hasta el mejor cirujano del mundo dudaría a la hora de operar a un ser querido.
El vínculo emocional nublaba el juicio.
Sobre todo tratándose de su propio abuelo.
Y la tasa de riesgo era monumental.
Aun sabiendo que Kiara era Milagros, le aterraba la presión psicológica que la chica tendría que soportar.
No importaba cuán brillante fuera.
Seguía siendo una joven de veinte años.
—El cuerpo del abuelo no puede esperar —la voz de Kiara sonó inquebrantable—. Si yo lo opero, el riesgo es cero.
Simón se encontró con esos ojos claros y decididos. De pronto, toda la angustia que oprimía su pecho se disipó.
Tenía razón.
Su sobrina jamás hacía promesas vacías.
Ella era La Muerte Viviente.
Ella era Milagros.
Si ella tomaba el bisturí, ¿cómo iba a salir mal?
Kiara añadió:
—El abuelo debe seguir tomando su dieta especial por cuatro días más, junto con las sesiones de acupuntura. Lo operaremos tal y como estaba planeado.

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