Todos los expertos que miraban desde la transmisión clavaron su atención en esa jovencita tan arrogante y serena.
Soltaron carcajadas de indignación.
—¡Niñita de Solarenia! ¿Que nosotros no nos atrevemos? ¿Que tú tienes la capacidad? ¡Qué buena broma! ¿Tienes idea de la magnitud de esta cirugía? —le reprocharon varios expertos con absoluto desprecio—. ¿Siquiera sabes cómo tomar un bisturí? ¡Estamos hablando de una vida humana, no de jugar a las muñecas!
El profesor Víctor habló con semblante sombrío:
—Yo soy profesor y vicepresidente de la asociación internacional. El Director Whitmore acudió a mí infinidad de veces para analizar el caso del señor Quintana, rogándome que lo ayudara a operarlo.
—Basándonos en los datos anteriores, y operando Whitmore y yo juntos... ¡las probabilidades de éxito no llegaban ni al treinta por ciento! Y ahora el estado del paciente es mil veces peor, y Whitmore está grave en una cama. ¡Es físicamente imposible llevar a cabo esta cirugía!
—Señorita, entiendo que esté desesperada por salvar a su familiar, pero este no es el momento para hacerse la heroína. Deje de causar problemas. Dennos algo de tiempo para encontrar la mejor medida preventiva e intentar salvarle la vida.
El profesor Víctor claramente era el de mayor rango allí.
Los demás médicos asintieron dándole la razón.
—¡Exacto! El profesor Víctor tiene razón, el estado del señor Quintana es demasiado inestable. No podemos operar.
—Si permitimos que una niñita sin experiencia lo abra frente a nuestros ojos, ¿qué pasará con nuestra reputación cuando la noticia salga a la luz?
—Llamaremos a los otros grandes hospitales a ver si algún otro cirujano está dispuesto a tomar el riesgo...
...
Todos hablaban al mismo tiempo.
El rostro de Kiara se volvió más glacial por segundo.
¿Estos eran los tan aclamados "expertos" y "autoridades mundiales"?
Al final del día, lo único que les importaba era su preciada reputación.
—¡Yo soy su nieta legítima! ¡No dejen que ella lo opere! ¡Lo que quiere es matarlo en la sala de operaciones para robarse las acciones de la familia!
—Si los mejores especialistas del mundo dicen que no se puede operar, ¿quién se cree ella que es para abrir a mi abuelo? ¡Si él tuvo una crisis tan grave, fue por culpa de las cosas raras que ella le dio! ¡Seguro lo quiere operar para borrar las pruebas de que lo envenenó!
Al escuchar esto, el pánico de los expertos aumentó y se pegaron aún más a la cámara.
—¡Adriana Quintana! —bramó Simón Quintana, agarrándola fuertemente del brazo y tirando de ella hacia atrás—. ¡Atrévete a decir una sola estupidez más y verás!
Adriana se encogió del miedo y cerró la boca de inmediato.
Simón levantó la vista hacia la cámara, con una frialdad absoluta en sus ojos.
—Soy el hijo del paciente. Autorizo que mi sobrina se haga cargo de la cirugía de mi padre. ¡Hagan todo exactamente como ella ordene!
—¡Señor Quintana! —El profesor Víctor no podía creer que toda esa familia hubiera perdido el juicio—. Soy el vicepresidente de la asociación internacional. Si ni siquiera yo me atrevo a realizar este procedimiento, ¿con qué derecho lo hará ella? Siendo usted el hijo del paciente, ¿cómo permite que una niña haga esta locura? ¿Qué edad tiene? ¿Acaso llega a los veinte años? ¡¿Y va a dejar que abra la cabeza de su padre?!

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