—Con el derecho de que yo sí puedo salvar a mi abuelo —respondió Kiara, con el rostro inexpresivo, mientras sacaba todo su instrumental médico del bolso de lona y lo acomodaba sobre la bandeja metálica—. Que ustedes no se atrevan, solo confirma que son unos inútiles.
—¡Tú...!
Los supuestos expertos se pusieron rojos de la furia ante semejante insulto.
Una vez que Kiara tuvo todo listo, el Dr. Valerio también confirmó que el equipo local estaba preparado.
—Dr. Valerio, usted será el segundo asistente —ordenó Kiara con calma.
—¿Y... y el primer asistente? —preguntó Valerio, mirando a su alrededor con miedo—. ¿Solo estamos nosotros dos? ¿Acaso... lo haremos solos?
—Ya le mandé un aviso a Gabriel Herrera, al Dr. Smith, y a... —Kiara enlistó varios nombres más—. Deberían estar a punto de llegar.
Con cada nombre que pronunciaba, los músculos faciales del Dr. Valerio sufrían un pequeño espasmo.
Para cuando dijo el último, Valerio tenía la boca abierta de par en par, atónito y conmocionado.
En las pantallas, los rostros de los expertos cambiaron de todos los colores posibles al escuchar a la joven soltar esa lista de leyendas vivientes.
Todos la miraban como si le faltara un tornillo, incapaces de creer lo que oían.
—Niña, ¿de qué tonterías estás hablando? ¿Don Gabriel Herrera, el presidente de la Asociación Mundial de Medicina Tradicional?
—¿El profesor David del Hospital Johns Hopkins?
—¿El Dr. Smith, presidente de la asociación internacional de cirugía?
—...
—Niñita, ¿tienes idea de que cada uno de esos nombres pertenece a los pilares absolutos de la medicina mundial? Ni siquiera nosotros podemos conseguir una cita con ellos, ¿y pretendes que vengan porque los llamaste?
—¡Incluso si el propio Director Whitmore estuviera sano y rogándoles de rodillas, no lograría traer a ninguno de ellos! ¿Y vienes a decirnos que los convocaste a todos juntos?
—¡Esa clase de titanes jamás atienden consultas de emergencia! Pasan el año volando por el mundo o dando conferencias; sus agendas están llenas de aquí a tres años.
Caminó directamente hacia la cámara donde se encontraban los expertos.
—Ustedes, bola de inútiles, lárguense de una vez. Quien se atreva a interrumpir su cirugía... que asuma las consecuencias.
—¡¿Y tú quién te crees que eres?! —exclamó uno de los expertos en la pantalla, indignado ante la humillación. Jamás había sido tratado de esa manera.
Después de haber sido insultados por ese grupito de jóvenes más de tres veces en un día, su paciencia había llegado al límite.
—¡Fui invitado personalmente por el Director Whitmore para salvar a este paciente! ¡Tengo todo el derecho de detener este absurdo asesinato!
—¡Me importa un carajo tu derecho! —Simón Quintana ya no tenía ni una gota de paciencia.
Sacó una pistola y la estampó violentamente contra la mesa de acero. Sus ojos destellaron con furia asesina.
—El próximo que diga una sola palabra y retrase la operación, ¡le meto una bala en la cabeza!

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