Pamela tembló, con los ojos enrojecidos y al borde del llanto, mientras negaba frenéticamente con la cabeza.
—¡Kiara, por favor, no me eches! —suplicó, con la voz quebrada—. ¡Haré lo que sea con tal de que me perdones! Incluso seré tu sirvienta si me lo pides...
—O te largas a tu habitación del hospital, o te devuelvo a la villa a que te encierren —la interrumpió Kiara con voz helada, con el ceño fruncido por la impaciencia.
Pamela apretó los puños, clavándose las uñas en las palmas.
—Kiara... ¿eso significa que... que puedo quedarme?
¿Acaso ya no la castigarían encerrándola?
Kiara no respondió, limitándose a mirarla con una frialdad cortante.
Simón soltó una carcajada seca. Su rostro rebelde y atractivo estaba lleno de burla.
—Lo que mi querida sobrina quiere decir, es que si no te largas en este preciso instante... te vas a arrepentir de haber nacido.
Esa sonrisa siniestra hizo que Pamela encogiera los hombros, aterrorizada.
—¡Ya me voy! Me regreso a mi habitación en este instante... —balbuceó, poniéndose de pie torpemente.
Comenzó a caminar a tropezones hacia la salida. Tenía el rostro y el dorso de las manos manchados de sangre, ensuciando la bata de paciente que llevaba puesta. Cada paso que daba parecía a punto del colapso; una imagen verdaderamente lastimera. Sin embargo, nadie movió un solo dedo para ayudarla.
Justo cuando Pamela llegó corriendo a la puerta, chocó de frente contra alguien que entraba a toda prisa.
Era un hombre rubio de ojos azules, vestido con un traje impecable, de al menos un metro ochenta y cinco de estatura.
El impacto fue brutal. Pamela, que ya estaba mareada, cayó pesadamente al suelo. El golpe le dolió en todo el cuerpo y un gemido de dolor escapó de sus labios mientras las lágrimas volvían a brotar.
—¡Señorita Pamela!
El hombre se tensó y se apresuró a ayudarla a levantarse.
—Mil disculpas, señorita Pamela. Tengo una urgencia con el señor Quintana, no fue mi intención...
Aunque su expresión era sombría, hizo un esfuerzo sobrehumano por aparentar tranquilidad frente a su padre.
—Es solo una turbulencia pasajera. Yo me encargo de solucionarlo, tú concéntrate en descansar.
Sin decir más, sacó su teléfono y caminó a paso rápido hacia la salida.
—No tenemos tiempo. Prepara la sala de conferencias del sanatorio, convoca una reunión internacional de emergencia. Quiero un plan de contingencia sobre mi escritorio en menos de diez minutos.
El asistente asintió frenéticamente y comenzó a hacer las llamadas mientras ambos desaparecían por el pasillo.
Marcos Quintana se quedó en la cama, sujetándose el pecho y respirando con pesadez, con la vista clavada en la puerta por donde acababa de salir su hijo.
Silvia Quintana intentaba consolarlo desde su silla, pero este no era el tipo de problema que se arreglara con unas simples palabras de aliento. Marcos no podía controlar su angustia. El ambiente en la habitación se volvió tan pesado que asfixiaba.
—Abuelo —dijo Kiara, acercándose a la cama. Su rostro mantenía esa calma imperturbable, sin mostrar la menor pizca de preocupación.

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