Hace un momento, Luis apenas sospechaba que ese estilo de ataque se parecía demasiado al de Fantasma.
Pero... ¡jamás se imaginó que la mismísima leyenda viviente, la intocable Reina Fantasma, fuera realmente ella!
El ídolo al que había venerado durante cinco largos años. La figura cuyos gráficos de ataque tenía de fondo de pantalla en su oficina.
¡Esa deidad intocable... era su pequeña sobrina de apenas veinte años!
Luis estaba tan en shock que no podía ni articular palabra.
Kiara tecleó un par de veces más y todas las pantallas volvieron a la normalidad.
—Las pérdidas del enemigo... se calculan en más de ciento veinte mil millones de dólares.
Kiara levantó la mirada hacia la cámara. Su rostro impecable, libre de maquillaje, lucía deslumbrante, como si acabara de salir de un paseo dominical.
Esbozó una media sonrisa.
—El cambio se los dejo como bono de fin de año para todos. ¿Están satisfechos con los resultados?
¿Satisfechos?
¡Cómo diablos no iban a estarlo!
¡Apenas habían pasado diez minutos!
El Grupo Quintana había pasado de la bancarrota inminente a devorar ciento veinte mil millones de dólares.
En menos de diez minutos, habían visitado el infierno y subido al cielo en clase de lujo.
¡Se habían forrado en oro!
Los ejecutivos en la videollamada ya no la miraban como a una niña; la miraban como a la deidad protectora de sus vidas, a la santa patrona de su existencia.
Kiara se giró perezosamente en la silla y arqueó una ceja hacia su tío, quien seguía petrificado.
—¿Le gusta mi regalito, tío Luis?
Luis la miraba, temblando de pies a cabeza de pura adrenalina.
¿Dónde había quedado su fachada de jefe estricto y aburrido?
Frente a Kiara, ya no tenía ni una gota de dignidad como "el adulto a cargo". Sus ojos brillaban con un fanatismo casi religioso.
Si pudiera, habría atornillado esa silla a la mesa para que Kiara jamás se levantara de la presidencia.
Pero no era estúpida. Había visto la adoración ciega en los ojos de Luis y la devoción patética de todos esos ejecutivos en la pantalla.
Todos ellos veían a Kiara como a una diosa bajada del Olimpo.
Pamela sentía que se ahogaba de pura envidia y rabia.
¡Otra vez Kiara le había robado el protagonismo!
¡¿Por qué?!
¡¿Por qué la vida era tan injusta?!
¡¿Por qué Kiara se llevaba toda la gloria?! ¡¿Por qué ella era perfecta en todo lo que hacía?!
Pamela sabía que, a estas alturas, ni siquiera rompiéndose las piernas frente al tío Luis lograría que él sintiera un gramo de lástima por ella.
Kiara...
¡Todo era por culpa de la maldita Kiara!
Pamela se mordía el labio con tanta fuerza que casi lo hace sangrar, clavándose las uñas en las palmas. Pero no se atrevió a emitir el más mínimo sonido.

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