Durante los días siguientes, el ambiente en la mansión Quintana dio un giro radical. Se respiraba una especie de fanatismo desmedido por todas partes.
Luis Quintana, el patriarca estricto, temido y de pocas palabras, parecía haber cambiado de personalidad.
Se la pasaba siguiendo a Kiara como un cachorro entusiasmado, dispuesto a regalarle literalmente todo lo que poseía.
—Kiki, esta es la llave de la mansión más exclusiva en el centro de Aquilinia. Ya está a tu nombre.
—Kiki, el Grupo Quintana acaba de adquirir una mina de diamantes rosas en Alicante. Felicidades, ahora es tuya.
—Kiki, veo que sigues manejando el auto de Adri. Esa porquería ya está vieja. Mejor te regalo mi jet privado para que pasees.
—Kiki, mandé a construir un yate a tu medida. ¿Quieres que vayamos al mar este fin de semana para que lo estrenes?
—Kiki...
Esa era la nueva rutina de Luis Quintana. Parecía tener la urgencia de vaciar su cuenta bancaria entera a los pies de su sobrina.
Y don Marcos y doña Silvia no se quedaban atrás.
—¡Quítate de en medio, tú y tus porquerías baratas! —lo regañó Marcos, empujando a su hijo mayor para poder poner sus propios cofres de regalo frente a Kiara.
En los últimos días, los ancianos no dejaban de sonreír. Detenían a cualquiera que se cruzara en su camino para presumir que su nieta era la genio más grande del siglo.
Todos en la familia habían entrado en una competencia salvaje por ser el favorito de Kiara.
Kiara miró la montaña de títulos de propiedad, llaves y joyas con una sonrisa resignada.
—Abuelos, tíos... tengo que regresar a Solarenia tarde o temprano. No me va a caber todo esto en la maleta.
A decir verdad, el dinero y los lujos le daban exactamente igual.
Su fortuna personal era tan vasta que podía gastar millones al día y no lo notaría. Y cuando regresara a casa de la familia Ibarra... sabía que también intentarían inundarla de regalos.
Esta familia la asfixiaba con cariño, pero era un peso agradable.

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