Estaba arruinada...
Completamente arruinada...
Una vez que la enviaran de regreso a Solarenia...
Se enfrentaría a un trato aún más cruel por parte de los Ibarra...
¡No...
¡Ella no quería eso!
¡No quería perderlo todo!
Sus gritos y lamentos terminaron perdiéndose a lo lejos en la inmensidad de la finca.
La calma regresó al gran salón.
Pero entre los invitados, nadie se atrevía a pronunciar una sola palabra.
Todos miraban a Kiara con una mezcla de conmoción y terror absoluto.
¿De dónde diablos había salido esta heredera recién reconocida por los Quintana?
¿Cómo era posible que hubiera logrado que ese grupo de asesinos a sueldo se arrodillara ante ella de una manera tan patética?
Eso de que era una simple chica de campo...
¡Eran puras estupideces!
Era alguien a quien incluso la Princesa Isabella estaba dispuesta a proteger con uñas y dientes.
¿Acaso podía ser una don nadie?
¡Esta chica de la familia Quintana era, sin duda, una figura intocable!
De repente, como si les hubieran cambiado el chip, los invitados estallaron en aplausos ensordecedores y comenzaron a desvivirse en halagos hacia ella.
Como si todas las barbaridades que le habían dicho a Kiara cuando estaban al borde de la muerte nunca hubieran salido de sus bocas.
Kiara recorrió con una mirada indiferente a los más de treinta mercenarios que seguían arrodillados en el suelo.
No se atrevían ni a respirar.
—Llama a la policía —ordenó Kiara con voz calmada.
Joaquín asintió y sacó su teléfono.
—No... solo hacíamos un trabajo por dinero, no llame a la policía, Señora... señorita Kiara, por favor no llame a la policía... —El líder de los mercenarios nunca imaginó que, por intentar ganarse un dinero extra, terminaría así.
¿Cómo es que de repente su destino era ir directo a la cárcel?
¡En ese momento tenía unas ganas inmensas de volar a Solarenia y hacer picadillo a la vieja bruja que los contrató!
Pero, aunque sabía que Kiara iba a llamar a las autoridades...
No tenía las agallas para intentar huir.
Aprovechando que toda la atención estaba centrada en la chica, Marcos Quintana tomó la mano de Kiara, la guio hasta el centro del salón de banquetes y aceptó el micrófono que le ofreció el mayordomo.
—Lamento el espectáculo bochornoso que tuvieron que presenciar esta noche.
—Aunque ocurrieron algunos incidentes desagradables, el hecho de que hoy yo, Marcos Quintana, haya reconocido a mi verdadera nieta, compensa con creces cualquier mal rato.
Bajo los reflectores, el anciano hizo un anuncio con voz firme y solemne:
—Aprovechando esta ocasión, quiero hacer dos anuncios.
—Primero, a partir de hoy, todas las acciones a mi nombre han sido transferidas a mi nieta, Kiara. Ella se convierte en la mayor accionista individual del Grupo Quintana.
Se escucharon jadeos de asombro por todo el salón.
¿Todas las acciones a nombre del señor Marcos Quintana?
¡Eso equivalía a una fortuna de miles de millones de dólares!
¿El patriarca de los Quintana realmente estaba dispuesto a ceder tanto poder de golpe?
—Segundo —continuó Marcos Quintana, mirando a Kiara con ojos llenos de ternura—. ¡Mi nieta, Kiara, posee a partir de ahora el derecho máximo de sucesión del Grupo Quintana!
El salón entero se quedó sin aliento.
Unos segundos después.
Estalló una ovación que resonó como un trueno.

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste