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Indomable: No soy la chica que echaste romance Capítulo 835

Frente a semejante amenaza, Pamela no tuvo más remedio que tragarse la humillación. Bajo la estricta mirada de las empleadas, se dirigió hacia la puerta lateral, se quitó el vestido de gala y se puso aquella vieja ropa de empleada.

Ahora, despojada de todo, sin un rastro del glamour de sus mejores días, lucía patética y desarreglada, igual a una vagabunda.

Justo entonces, más empleados salieron de la habitación de Pamela cargando varias cajas.

—Señor, todas las pertenencias de la señorita Pamela... ejem, todas las pertenencias de Pamela Ibarra, han sido guardadas según el inventario, aunque aún faltan algunas cosas.

El empleado abrió las cajas. Pamela vio que adentro estaban todas las joyas y artículos de lujo que había acumulado a lo largo de los años.

Sus pupilas temblaron, e intentó abalanzarse hacia ellas.

—¡No! ¡Todo eso es mío! ¡Ustedes me lo regalaron!

—¡Esto me lo dieron cuando cumplí diez años!

—¡Y esto me lo regalaron cuando gané mi primer premio!

—Esto, me lo puso el abuelo con sus propias manos en mi fiesta de dieciocho...

—No, todo es mío... son regalos suyos... no pueden hacer esto, no pueden...

Después de confiscar las joyas, pasaron a sus propiedades inmobiliarias y a las empresas a su nombre. Todo fue revocado.

—¡No... no pueden hacerme esto! —Pamela estaba a punto de volverse loca—. ¡Es mío! ¡Me lo dieron, me lo merezco! Pasé veinte años con los Ibarra, ¡si no me reconocen mis logros, al menos reconozcan mi esfuerzo! ¿Por qué me tratan así?

Álvaro soltó una carcajada sarcástica.

—¿Logros? ¿Te refieres al logro de incriminar a Kiki, o al logro de tenderle una trampa?

Sin importar cuánto llorara y suplicara, Pamela solo pudo observar cómo aquellos lujos que solía conseguir con solo chasquear los dedos, eran barridos frente a sus ojos. De verdad no le dejaron absolutamente nada.

Dos guardaespaldas se acercaron, tomaron a Pamela de cada brazo y comenzaron a arrastrarla hacia la salida.

—¡Esperen! —Lucía se lanzó hacia el frente y se arrodilló golpeando el suelo desesperadamente frente a Vanesa—: ¡Señora, se lo ruego... déjeme decirle un par de cosas más a la señorita Pamela!

—¡Solo un par de cosas! Se lo suplico...

Tenía el rostro cubierto de sangre, y lloraba de manera desgarradora. Se golpeaba la frente contra el piso haciendo un ruido ensordecedor.

—Sé que merezco morir, no pido su perdón, solo quiero decirle unas últimas palabras a la señorita Pamela.

—Voy a ir a la cárcel, probablemente jamás vuelva a ver a la señorita Pamela. Esta... esta podría ser la última oportunidad que tenga de verla y de hablar con ella.

—Por favor, se lo ruego, tenga un poco de misericordia. Por todas las décadas que he servido a la familia Ibarra, concédame unos minutos...

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