Ese era Joaquín.
El heredero indiscutible de Clarosol, el tercer hijo de la familia Carrasco, el hombre destinado a gobernar ese imperio.
Una presencia que, con solo mover un dedo, podría reducir a la familia Benítez a cenizas.
—Señor Carrasco... —Sebastián articuló entre dientes, forzando las palabras—. Es un malentendido, todo es un malentendido. Yo... yo solo pensé que la señorita Ibarra me resultaba familiar y quería saludarla...
—¿Saludar? —Joaquín soltó una carcajada seca. La mirada que le dirigió a Sebastián estaba cargada de una burla arrogante y despiadada.
Bajo el peso de esos ojos, el rostro de Sebastián palideció, volviéndose casi gris. Una profunda y asfixiante humillación se apoderó de él.
Era como si... como si un insecto como él ni siquiera tuviera el derecho de respirar el mismo aire que Kiara, mucho menos dirigirle la palabra.
Esa actitud inalcanzable, esa forma de mirarlo desde arriba.
Estaba aplastando la dignidad de Sebastián sin piedad.
—¡Joaquín! —intervino Pamela de repente, con un tono urgente—. N-no te enojes... Sebas de verdad no tenía otra intención. Solo quería acercarse a saludar a mi hermana.
Aunque sus palabras sonaban como un intento de defender a Sebastián, sus ojos vacilantes se clavaron en Joaquín, mostrando una imagen frágil, vulnerable y lastimera.
¿Acaso no decían que a los hombres poderosos les fascinaba rescatar a las damiselas en apuros?
¿Que era más fácil robarles el corazón mostrándose débil?
Si Joaquín se había sentido atraído por Kiara, ¿no era precisamente porque ella había llegado del campo siendo la parte vulnerable de la historia?
¿No había usado Kiara su supuesta desgracia para dejar a Joaquín completamente hipnotizado?
Pero ahora, Kiara había sido expulsada de la familia.
Ahora ella era la débil. Ella era la verdadera víctima.
Si... si tan solo Joaquín la salvara de las garras de Sebastián...
Si lograba quedarse al lado de Joaquín a partir de hoy...
¡Eso sería infinitamente mejor que vivir sometida a Sebastián!
Pamela lo miraba fijamente, con los ojos brillando de una obsesión enfermiza.
Anhelaba que su mirada suplicante lograra despertar aunque fuera una chispa de lástima en el corazón de Joaquín.
Sin embargo...
Joaquín apenas levantó la vista, dedicándole una mirada glacial, y su voz cortó el aire como el hielo:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste