No podía creerlo...
El otro día apenas lo había mencionado de pasada, que quería traer a dos amigos más al grupo.
Y Kiara no solo lo había recordado. Sino que también había preparado los uniformes para ellos.
Rosana, con los ojos llorosos, la miró llena de una emoción que no podía contener.
—Gracias... gracias, capitana...
No encontraban otra palabra que no fuera gracias.
Desde que tenían memoria, nadie los había tomado en serio. Mucho menos los habían tratado tan bien, ni le habían dado importancia a las cosas que decían. Esta era la primera vez.
De pronto, al tocar el fondo de la caja, Santiago palpó una tarjeta de banco. Tenía pegada una nota adhesiva con el número del pin.
Se quedó paralizado y sacó la tarjeta.
—Capitana, esto es...
—Es una tarjeta de débito —respondió Kiara sin darle mucha vuelta—. Las medicinas que les receté no son baratas. Ese dinero es para que compren las hierbas.
Al escuchar eso, Rosana abrió rápidamente su caja y las otras dos. Todas tenían una tarjeta adentro.
De inmediato cerró las tapas de golpe.
—Capitana, de verdad no podemos aceptar este dinero...
—No es un regalo, ni tampoco caridad —la cortó Kiara en seco—. Es una inversión. Estoy invirtiendo en ustedes. Con el estado en el que se encuentran ahora, ¿cómo piensan ganar el Desafío Élite? ¿Me pueden garantizar que no les va a dar una crisis en medio de la competencia? ¿Acaso quieren estar tecleando código con las manos temblorosas? ¿O intentando hacer experimentos mientras sienten taquicardias y mareos?
—Si quieren ganar, primero arreglen su salud. Si perdemos la competencia porque sus cuerpos no aguantan, entonces sí me van a deber algo muy grande. Tómenlo.
Santiago y Rosana cruzaron miradas.
Al final, abrazaron las pesadas cajas contra el pecho, con los ojos llenos de lágrimas.
Rosana reía y lloraba al mismo tiempo.
—Capitana, te haces la dura, pero... ¡pero en realidad eres un pan de Dios! ¡Tienes un corazón de oro detrás de esa fachada!
Kiara enarcó una ceja.
¿Un pan de Dios?
No pudo evitar reírse por dentro.
Era la primera vez que alguien le decía algo así. Si supiera que la sangre que manchaba sus manos probablemente era más de la que esta niña había visto en toda su vida...
Especialmente cuando se paró junto a Kiara.
Él, con esa belleza imponente y misteriosa; ella, con esa elegancia deslumbrante e intocable. ¡Hacían la pareja perfecta!
Al llegar junto a Kiara, Joaquín deslizó su brazo alrededor de la cintura de ella con total naturalidad, mientras sus ojos coquetos se curvaban en una sonrisa.
—¿Tenemos visitas?
Kiara asintió.
—Son dos de mis compañeros de equipo. Santiago y Rosana.
Joaquín giró la mirada y los saludó con una familiaridad abrumadora.
—Hola, muchachos. Soy Joaquín, el prometido de Kiara.
¿P-prometido?
¡Pero si la capitana era jovencísima!
¿Cómo que ya tenía un prometido?

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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste