En contraste, del lado de Sabrina.
Sus ataques y defensas cibernéticas parecían fluir con magia.
Ni siquiera tenían que pensar para ingresar las respuestas correctas.
Tras cuarenta minutos de competencia.
El equipo de Sabrina ya había roto la barrera de los cinco mil puntos.
Mientras que el Equipo Esperanza apenas lograba arañar los dos mil.
Sabrina se tomó un segundo para mirar la pantalla gigante.
Al ver que el Equipo Esperanza seguía hundido en los últimos lugares, una sonrisa venenosa cruzó su rostro.
—Ay, qué aburrido es esto.
Sabrina alzó la voz a propósito. Aunque fingía hablar con sus compañeros, era evidente que quería que Santiago y los demás la escucharan.
—Hay personas que, por más que se partan el lomo, ¿de qué les sirve? Tanto esfuerzo para nada.
—Esa es la verdadera diferencia de clases.
—Hay cosas que se deciden en el mismo instante en que naces.
Sus compañeros de equipo le siguieron el juego con sonrisas condescendientes.
Tenían una ventaja tan ridícula que podían darse el lujo de perder el tiempo burlándose.
—¿Para qué siguen pataleando? Mejor ríndanse de una vez.
—Dan pena ajena con esos puntajes tan miserables.
—Siempre dije que dejar que ellos representaran a la universidad era una humillación. Sabía que nos harían quedar en ridículo...
Esas palabras cargadas de veneno se clavaron como agujas en los oídos de los tres.
Se morían de ganas de presentar una queja.
Querían que le sacaran una tarjeta amarilla al Equipo Atrapasueños por hostigamiento.
Pero no tenían tiempo, ni la energía para lidiar con eso.
¡No podían perder!
¡Absolutamente no!
Santiago apretó los dientes, pegando los ojos a la pantalla. De tanto forzar la vista, los vasos sanguíneos de sus globos oculares parecían a punto de reventar.
El sudor le resbalaba por la frente, metiéndosele en los ojos.
Causándole un ardor punzante.
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Los comentarios de los lectores sobre la novela: Indomable: No soy la chica que echaste