Las palabras de su abuela resonaban en la mente de Samuel De la Garza. Si antes el compromiso con Esther Montoya era una simple conveniencia social, ahora representaba la llave maestra para absorber el imperio Montoya por completo. Las palabras de Esther durante su último encuentro volvieron a él, haciendo que su orgullo masculino se erizara como un gato herido.
—Abuela, déjalo así. El compromiso está roto y no puedo pedirle que vuelva conmigo.
Con esas palabras cortantes, giró sobre sus talones y subió las escaleras. Montserrat observó la espalda rígida de su nieto mientras se alejaba, su rostro ensombreciéndose. Si su querido Samuel no podía tragarse su orgullo, entonces ella, como abuela, se encargaría de allanar el camino.
…
Las olas del Caribe rompían suavemente contra la costa mientras Alfonso esperaba en una mesa apartada del Le Blanc, uno de los restaurantes más exclusivos de Cancún. El local era famoso tanto por su discreción como por su cocina de autor, el escenario perfecto para una cena íntima.
El vestido negro de Esther contrastaba elegantemente con su piel cuando el mesero la guio hasta la mesa. Alfonso se levantó con un movimiento fluido, apartando la silla para ella con galantería natural.
—Espero que no te moleste que haya ordenado champagne.
Un sommelier se acercó con una botella de Dom Pérignon mientras una sonrisa juguetona bailaba en los labios de Esther.
—¿Celebramos algo en particular?
Alfonso esperó a que el sommelier terminara de servir las copas.
—El éxito de nuestros planes. Y... —Sus ojos brillaron bajo la luz de las velas—. La oportunidad de cenar contigo sin pretextos de negocios.
El murmullo del mar creaba un telón de fondo perfecto, íntimo y envolvente.
—¿Sin pretextos de negocios? —Esther arqueó una ceja con elegancia—. Eso es nuevo.
—Creo que es momento de ser más... directo.
Las copas tintinearon suavemente. La cena transcurrió entre platos exquisitos y conversación fluida, cada platillo una obra de arte: vieiras con espuma de cítricos, risotto de langosta, cordero en costra de hierbas.
—¿Sabes? —Alfonso contempló a Esther mientras compartían un postre de chocolate y frutos rojos—. Siempre admiré tu determinación. Desde el primer día.
—¿Incluso durante la subasta?
—Especialmente entonces —Se inclinó ligeramente hacia adelante—. Aunque debo admitir que prefiero tenerte de aliada.
Los dedos de Esther juguetearon con la cuchara del postre.
—¿Solo de aliada?
La tensión entre ellos se volvió casi palpable cuando Alfonso extendió su mano sobre el mantel, sus dedos rozando suavemente los de ella. Un escalofrío eléctrico recorrió la espalda de Esther.
—Sabes que siempre he querido más.
El silencio que siguió estaba cargado de promesas no dichas. Los ojos de Alfonso la miraban con una intensidad que aceleró su pulso. Sus dedos seguían tocándose apenas sobre el mantel, ese mínimo contacto enviando ondas de calor por su brazo.
Años de autoprotección lucharon contra el momento de vulnerabilidad. Alfonso, perceptivo como siempre, respetó la barrera invisible que ella mantenía, aunque la decepción brilló fugazmente en sus ojos.
La vibración del teléfono rompió el hechizo. Ambos se enderezaron sutilmente, aunque la electricidad del momento persistía en el aire.

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