El primer aullido llegó cuando mamá terminó de servir la cena.
El trozo de pan quedó suspendido a medio camino entre mi plato y mi boca.
Otro aullido respondió desde algún lugar cercano.
Mi padre fue el primero en reaccionar.
Se levantó de golpe, haciendo rechinar la silla contra el suelo de madera, y cruzó la pequeña habitación en dos zancadas para descolgar su arco y el carcaj de flechas que siempre colgaban junto a la puerta.
Mi madre también se puso de pie.
—¿Qué ocurre? Los lobos nunca bajan hasta aquí.
Él no respondió enseguida. Permaneció inmóvil, escuchando.
Su mandíbula se tensó.
—Eso se escuchó demasiado cerca.
Un tercer aullido respondió.
Después un cuarto.
Un escalofrío me recorrió la espalda.
—Iré a revisar.
Mi madre negó con la cabeza.
—Quizá solo salieron a buscar comida. El invierno está cerca. Tal vez, igual que nosotros, se quedaron sin presas...
Entonces llegaron los gritos.
Un grito desgarrador.
Después otro.
Y otro más.
No eran voces pidiendo ayuda.
Eran personas suplicando por su vida.
Sentí que las manos comenzaban a temblarme.
Papá giró de inmediato hacia mí.
No perdió tiempo.
Sujetó mi brazo con fuerza, apartó la mesa de un solo empujón y dejó al descubierto la trampilla donde escondíamos las provisiones para el invierno.
La abrió.
—Entra.
Lo miré sin comprender.
—¡Ahora!
Su voz consiguió moverme.
Descendí torpemente al pequeño compartimento mientras él volvía a colocar la mesa sobre la trampilla.
La oscuridad me envolvió.
Solo la tenue luz que se filtraba entre las rendijas me permitía distinguir fragmentos de la habitación.
—No hagas ningún ruido.
Fue lo último que me dijo.
Después fue hacia mi madre.
La tomó de la mano y prácticamente la arrastró hasta el rincón más alejado de la puerta.
—Escóndete en...
No alcanzó a terminar la frase.
La puerta explotó hacia el interior.
Las bisagras salieron despedidas y los tablones se hicieron añicos como si hubieran sido de papel.
Mi madre soltó un grito.
Yo me cubrí la boca con ambas manos para impedir que el mío escapara.
Tres enormes lobos irrumpieron en la casa.
Eran mucho más grandes que cualquiera que hubiera visto.
Sus ojos brillaban con un tono dorado imposible.
Uno de ellos avanzó un par de pasos.
Entonces su cuerpo comenzó a cambiar.
Los huesos crujieron. El pelaje desapareció.
Las patas se alargaron hasta convertirse en piernas humanas.
Un instante después, un hombre completamente desnudo permanecía de pie en medio de nuestra casa.
Observó el lugar con absoluto desinterés.
Su mirada descendió hasta el arco que mi padre sostenía con fuerza.
Soltó un gruñido de fastidio.
Sin previo aviso, dio un paso al frente.
Sus garras atravesaron la madera.
El arco se partió en dos como si hubiera sido una simple rama seca.
Los restos cayeron al suelo.
—Qué pérdida de tiempo...
Mi madre rompió a llorar.
Se quitó apresuradamente el collar que llevaba en el cuello.
Era una sencilla cadena de plata con un pequeño colgante.
La única joya que conservábamos.
La única cosa que nunca había vendido, ni siquiera durante los inviernos más duros.
Lo sostuvo con ambas manos.
—Por favor...
Su voz se quebró.
—Lléveselo. Es todo lo que tenemos.
El hombre ni siquiera volvió la vista.
Como si aquellas palabras no hubieran existido.
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