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La amante infiltrada del Alfa romance Capítulo 3

No podía dejar de mirar la cabeza del rey.

Sus ojos seguían abiertos.

Su boca se había quedado ligeramente abierta. Era como si se burlara de mí.

Dos años.

Dos años soportando vivir entre monstruos, entrenamientos agotadores y mis planes cuidadosamente elaborados acababan de irse al demonio por culpa de un desconocido.

A mi alrededor, el caos fue apagándose poco a poco.

Los gruñidos cesaron. Los gritos fueron sustituidos por órdenes secas. Solo entonces levanté la vista hacia el hombre que había destruido mi venganza.

Era alto.

Mucho más que cualquiera de los nobles que había visto durante la velada.

Vestía completamente de negro, sin una sola joya adornando su ropa, detalle extraño en un salón donde todos parecían competir por quién brillaba más.

Su cabello oscuro caía ligeramente desordenado sobre la frente.

Pero fueron sus ojos los que capturaron toda mi atención.

Negros.

Tan negros que por un instante tuve la absurda impresión de estar mirando un pozo sin fondo.

No había emoción alguna en ellos.

Ni euforia. Ni rabia. Ni satisfacción por haber asesinado al rey.

Solo una calma inquietante.

Yo sabía que tarde o temprano estallaría una rebelión. Estábamos seguros de que sería después de que el rey muriera.

No tan pronto.

—Debemos darnos prisa —dijo Erik hacía un par de semanas—. Los nobles ya empiezan a impacientarse por colocar a alguno de sus hijos en el trono.

Recordé aquellas palabras mientras observaba de reojo a los pocos nobles que seguían con vida.

La mayoría parecía aterrorizada.

Otros simplemente observaban al hombre que acababa de matar al rey.

Ninguno actuaba como si aquel fuera uno de los candidatos al trono.

Al parecer... Ni siquiera ellos esperaban su llegada.

Yo solo lamentaba una cosa.

No haber sido quien acabó con aquel viejo.

Parpadeé.

Quizá fue ese pequeño movimiento el que atrajo su atención.

Sus ojos se clavaron en mí.

Frunció apenas el ceño.

—Llévense a todas las humanas para interrogarlas.

¿Qué?

Ni siquiera tuve tiempo de reaccionar.

Un lobo me sujetó con brusquedad por un brazo.

Otro hizo lo mismo del otro lado.

Me arrastraron fuera del salón junto con el resto de las jóvenes.

Había estado tan concentrada viendo cómo mi venganza desaparecía frente a mis ojos que apenas comprendía la mitad de lo que acababa de suceder.

No sabía si lamentarlo o agradecerlo.

Erik había sido muy claro.

"Si te descubren o llegan a sospechar de ti... estarás sola."

Apreté los dientes mientras avanzábamos por los pasillos.

Resultaba hasta gracioso.

Hacía menos de una hora todas aquellas muchachas reían emocionadas por la posibilidad de convertirse en amantes del rey.

Ahora caminaban entre lágrimas, convencidas de que iban a morir a manos de los rebeldes.

Nos encerraron en una enorme habitación.

La mayoría de las jóvenes cayó de rodillas apenas la puerta se cerró.

Algunas comenzaron a rezar. Otras lloraban desconsoladamente.

Yo me limité a permanecer de pie junto a la pared.

Fue gracias a sus sollozos que terminé enterándome de lo que me había perdido mientras observaba la cabeza del rey.

—Dicen... dicen que el hombre que lo mató quiere quedarse con el trono...

—Escuché que los nobles pensaban nombrar a otro...

—¡Es uno de los hijos del rey!

Así que era eso.

El hombre había proclamado que no existía nadie más apto para gobernar que él mismo.

Y, según los rumores, también había descubierto que varios nobles planeaban colocar a otro de los hijos del rey en el trono.

Una guerra por la corona entre familia.

Quién lo diría. Los monstruos también cometían parricidio.

Pasó casi una hora.

Después comenzaron a llevarse a las chicas una por una.

Ninguna regresó.

Fruncí el ceño.

Podía escapar si realmente lo deseaba. No sería sencillo. Pero tampoco imposible.

El problema era otro: Escapar llamaría demasiado la atención.

Y eso era exactamente lo que llevaba dos años evitando.

Así que esperé.

Finalmente pronunciaron mi nombre.

Dos guardias me condujeron por varios pasillos antes de detenerse frente a una puerta de madera.

La abrieron.

Dentro solo había una silla. Nada más.

Capítulo 3. 1

Capítulo 3. 2

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