Anastasia.
Me agité demasiado, y por primera vez en medio de esta nube oscura, tuve un poco de cordura, y salí de su encerrona y lo rodeé.
—Señor… por favor, ¿de qué se trata esto? ¿Se burla de mí?
Él puso dos de sus dedos en la boca, y se sintió pensativo. Caminó hacia el escritorio, y luego tomó la carpeta.
—Vete o quédate… —me los entregó—. Ve a casa o quédate en la oficina, hoy leerás este contrato, y lo discutiremos esta noche…
—¿Qué? —alcé mi voz frustrada.
Entonces él se frenó y se giró hacia mí.
—No veremos esta noche… te buscarán para traerte a un lugar…
—No, señor… no voy a trabajar fuera de mi horario…
—No vamos a trabajar… será una cena, no laboral —se acercó mucho, incluso su respiración golpeó mi rostro mientras mi pecho subía y bajaba.
—Señor Kozlov…
—Anastasia Ivanova… —él dijo seguro—. La veré esta noche… a las siete… como siempre, puntual…
Él tomó mi mandíbula y dio un beso corto en mi mejilla, y sin más se fue de la oficina, mientras yo me dejé caer en su silla.
Podía notar el temor de mis manos, en mis piernas, en mis entrañas, pero me fue imposible no cerrar los ojos, pegando mi espalda al respaldo, y luego tocando mi boca.
¿Qué estás haciendo?, mi mente gritó todas las veces, mientras mi cuerpo sentía desfallecer.
—Voy a condenarme por esto… yo… voy a irme al infierno…
En las siguientes horas, preferí trabajar en el edificio del jefe por obvias razones. Ir a casa y no cumplir un horario, rayaría más a mi padre, y lo que menos necesitaba ahora, eran preguntas.
Todavía no sabía qué iba a decir con respecto a esta noche, pero “trabajo” era la palabra que debía utilizar para todo.
No pude dejar de leer el contrato, a pesar de que estaba trabajando en los informes pequeños.
Tenía todo tipo de compensación, vacaciones y pagos de mis cargos y seguros médicos. No había algo que pudiera refutar, pero había una línea que me intrigaba.
No podía renunciar, y la única forma de salir de este trabajo, es que el mismo jefe, ya no requiriera de mis servicios.
Estaba saliendo del edificio al medio día cuando Sibel apareció en la pantalla de mi celular y sonreí.
E iba a contestar para comenzar a caminar doblando la esquina, cuando un hombre de seguridad me detuvo.
—Tengo órdenes de llevarla y traerla… —arrugué mi ceño.
—No quiero me lleve ahora, necesito caminar…
—No puedo cumplir esa orden…
—Es mejor que subas, Ana… —escuché desde el auricular, y me subí al auto—. Pensé que ya habías renunciado… —Sibel dijo desde el otro lado, y el auto comenzó a andar.
—No… yo…
—Necesitas el trabajo… —concluyó ella, y por un momento pensé si era solo eso.
—Sí…
—¿Cómo te trata ese loco? —su voz se escuchaba fresca y feliz.
—El jefe es… bueno…
—Mmm… ¿Vas a casa ahora?
—Sí… de hecho… estaba por escribirte… no pudimos despedirnos mucho… —hubo un silencio corto.
—Lo sé… estaba complicada… pero regresaremos a Rusia en algún momento… ¿Te veré entonces?
Alcé los hombros.

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