Anastasia.
—¿Confías en mí? —asentí embelesada, que él me hubiese dicho esa palabra que ahora tintineaba en mi mente, me tenía la vida descuadrada.
“La mujer de Alexey Kozlov”, pero de pronto, me caí duro de la nube, y una preocupación muy grande me llenó entera.
—Confió… —respondí de forma agitada—. Pero mis padres no pueden enterarse… de nosotros… ellos…
—Shuuu… —sus caricias en mis hombros desnudos fueron demasiado.
—Señor…
—¿Qué te dije sobre eso?
—Ale… Alexey… —su sonrisa se amplió mucho—. Necesito mis gafas…
Él chasqueó la lengua, y de un momento a otro, me bajó de su torso. Lo vi caminar hacia el centro, tomó mis gafas y vino y me las puso él mismo.
—Tengo algo que decirle… —él asintió yendo a sacar algo de una vitrina digital, y luego lo vi encender un puro.
—Adelante… ¿Quieres algo de tomar? —negué levantándome y no dudé en ponerme mi suéter enseguida, pero dejé mi cabello suelto.
Apreté mis manos, y luego me detuve delante de él con mucho nerviosismo.
—Yo… tardo un poco en llegar al trabajo… a veces son cuarenta minutos…
Él frunció el ceño soltando el humo y recostándose en una encimera.
—No te preocupes por eso… serás mi CEO… podrás tener el horario que quieras…
—No… espera… —sus pasos se acercaron a mí, y su humo llegó a mi rostro.
—No quiero esperar… serás mi CEO… y quiero que lo aceptes, nunca tendrás una oportunidad como esta.
—Pero… —sus manos acariciaron mi cabello, y luego volvió a inhalar de su puro.
—Tendrás autos, chofer… entre otras cosas…
—Alexey… —tuve que decirle para llamar su atención, aunque la voz me temblaba entera. Me costaba llamarlo por su nombre, pero se sentía increíble.
Su expresión cambió significativamente, y lo vi dejar el puro en la encimera.
—Creo que mi nombre en tu boca, me vuelve más loco… —aun mi cuerpo brincaba con su toque, así que traté de acoplarme a sus manos y no parecer tan estúpida.
—Yo… no dije que perdía tiempo en el trabajo… porque me incomodara el tiempo en el coche…
—¿A no? —negué.
—Yo… les dije a mis padres que buscaría un piso cerca del trabajo… —su sonrisa ladeada, dejó de marcarse, y de forma contraria, todo su rostro se contrajo en una gran incógnita.
—¿Les mentiste entonces? —apreté mi boca, y pasé un trago.
—Lo hice…
—¿Dime cuál es la razón para mentirles? —mis ojos se fueron a los suyos, mientras un ambiente pesado me envolvió entera.
Alexey Kozlov tenía ese magnetismo embriagador, y yo ahora entendía qué me atraía tanto de él. Él siempre sabía qué iba a decir, pero siempre me dejaba la parte para descubrirme ante él.
Era muy astuto.

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