Anastasia.
Me sentía muy culpable.
Muchas personas habían muerto en ese incendio. Literalmente el señor Kozlov había acabado con ellos, y solo porque quise pasarme de lista y mostrar algo, que realmente yo no era.
Me tiré de rodillas, y mis lágrimas salieron.
—Dios, por favor… perdóname… ni siquiera sé lo que estoy haciendo.
Además, estaba esta sensación extraña cuando el jefe aprecia delante de mí, y solo pude negar todas las veces, pensando en qué podría pensar mis padres si solo estuvieran en mi cabeza y supieran el rumbo de mis pensamientos.
Cuando estuve con la ropa adecuada, hice una trenza en mi cabello húmedo, y luego me puse una chaqueta.
El jefe quería hablar, pero también estaba preparado para salir, aunque mi informe estuviera a la mitad y no podía hacerlo esperar.
Cuando llegué a la sala principal, él estaba sentado en una gran mesa, mientras apreté mi maletín.
—Le debo una disculpa… —él no alzó la mirada, pero apuntó a un asiento.
—Come… saldremos en una hora.
No dije nada, solo hice caso dejando mi maletín a un lado.
De un momento a otro sentí su mirada inquisitiva en mí, y tuve que mirarlo. Había una forma en la que me observaba, de hecho, sentía que estaba intentando ver algo más en mí.
—¿Señor? Tengo la compra del hotel… sé que no quiere escuchar, pero estoy tan avergonzada… —intenté buscar la carpeta.
—Déjalo… fuiste tú la que pasaste un infierno anoche… sé que no fue fácil para ti… —Entonces lo miré de nuevo.
No podía negar que era comprensivo.
—Pensé qué…
Él arrimó la silla y me apuntó.
—¿Sabes lo que pudiste pasar allá? ¡Te drogaron!
—Lo sé… —me defendí de inmediato y luego lo vi tomar una aspiración.
—Ya demostraste suficiente… hoy me acompañarás a visitar otro negocio, pero en la noche, tengo un evento, y tú vendrás conmigo.
Parpadeé varias veces.
—¿En la noche? —quise decirle que la noche no era mi horario habitual, pero ya había ido a ese bar que ya no existía por mi culpa, y además, me pagaba 30.000 dólares, refutar no era mi derecho.
Vi al jefe caminar ajustando su chaqueta, y luego me apuntó al plato.
—Cuando termines de comer… baja, un hombre de seguridad te llevará al auto… debo hacer llamadas.
Creo que demoré unos cinco minutos en comer, fui a lavarme los dientes, y usé un poco de gel para los pelitos que tenía fuera de la coleta. No podía dejar de pensar en la noche, pero fue suficiente ir al lado del jefe en el auto de camino, como para que estuviera lo suficientemente nerviosa y dejar de pensar.
—¿Tu familia es numerosa? —lo escuché preguntar, y negué al mirarlo de reojo.
—No… solo somos, papá, mamá y mi hermana…
Él mordió su boca.
—¿Cuántos años tiene?
—Seis… —entonces el jefe sonrió.
—Genial… —no sé por qué, pero me encontré sonriendo también.
—Se llama Irina… es una traviesa…
—Entonces no se parecerá a ti… —mis mejillas ardieron ante sus palabras.
Este hombre era muy irónico.
—Me gusta tener el control de las cosas… —me defendí, mientras él chasqueó la lengua y asintió.

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