Media hora después.
El mesero trajo el té para la resaca.
—Señorita Méndez, aquí está su té.
—Gracias —Úrsula tomó la taza con ambas manos y la dejó sobre la mesa.
Luego se acercó a Israel y le dio unas palmaditas en la espalda.
—Israel, despierta.
Israel se despertó con las palmadas.
Recién despierto, tenía los ojos rojos y estaba un poco aturdido. Miró a Úrsula con sus ojos profundos y, de repente, sonrió.
—Ur… Úrsula.
—¿Ya se te bajó? —preguntó Úrsula.
—Sí —asintió Israel, y luego abrió los brazos para abrazarla, hundiendo la cabeza en su cuello. Su voz sonaba un poco ronca—. Pero tengo mucho sueño, déjame dormir un ratito.
Úrsula le dio unas palmaditas en la cabeza.
—Duermes después, primero tómate el té para la resaca.
—No quiero —negó Israel.
—Hazme caso.
—No quiero hacer caso.
Úrsula: …
¡Vaya que era rebelde!
—Quiero yogur —Israel le dio un beso en la mejilla a Úrsula—. No quiero té para la resaca.
—Está bien, está bien, toma yogur —Úrsula tomó un popote de la mesa y lo metió en la taza de té—. Esto es yogur, bébetelo.
Israel sorbió por el popote y luego frunció el ceño.
—¡Este yogur sabe raro! Quiero de fresa.
—Este es de fresa, se te ha de haber alterado el gusto.
—¿De verdad?
—Claro que sí. Anda, hazme caso, termínate todo el yogur y nos vamos a casa, ¿quieres?
—Bueno.
Así, como si estuviera engatusando a un niño, Úrsula logró que se tomara toda la taza de té.
Una vez que terminó, Úrsula llamó al asistente de Israel y, entre los dos, lo ayudaron a subir al carro.
El asistente conducía.
Con su 1.93 de estatura y 71 kilos, Israel era mucho más pesado que Úrsula. Además, era muy alto, por lo que a ella le costaba un poco sostenerlo.
—Israel, ve más despacio.
—Me gusta Úrsula, no me gusta Víctor.
Víctor: …
Una vez que abrió la puerta, y después de ayudar a Israel a llegar al sofá de la sala, el asistente se dirigió a Úrsula con respeto.
—Señorita Solano, entonces me retiro.
—Gracias por tu ayuda esta noche. Ten cuidado en el camino —le dijo Úrsula.
—No hay de qué, es mi trabajo.
El asistente ya estaba en la puerta, pero se dio la vuelta.
—Señorita Solano, yo también vivo cerca, si necesita algo, no dude en llamarme.
Úrsula asintió levemente.
—De acuerdo.
Después de que el asistente se fuera, Úrsula primero le envió un mensaje por WhatsApp a Alan y a Dominika para decirles que todo estaba bien. Luego fue al baño, buscó una toalla y empezó a limpiar a Israel.
***

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...