Nadie sabía con exactitud qué pasaba por la mente de Selena en ese momento.
Sentía una tristeza inmensa.
Estaba arrepentida.
Se arrepentía de no haber dejado salir todas esas emociones mucho antes.
¿Por qué se había empeñado en hacerse la fuerte? ¿Por qué fingió frente a los demás que sus padres la amaban?
Estaba claro que no la querían.
¡Jamás la habían querido!
Su vida entera...
Parecía un mal chiste.
Una broma de pésimo gusto de principio a fin.
Entre el llanto, Selena soltó una carcajada y miró a sus padres, quienes aún no salían de su asombro. Inmediatamente dijo:
—Papá, mamá, escuchen bien. A partir de este momento dejo de ser la Selena cobarde de antes. ¿Querían usarme como escalón para que Carlos subiera?
»¡Imposible! ¡Eso jamás va a pasar!
»Y no solo es imposible, sino que maldigo a Carlos para que tenga un final horrible, ¡maldigo a todos ustedes para que sufran lo indecible!
Hasta ese instante...
Selena no había comprendido del todo cuán equivocada había estado en el pasado.
¡El cuchillo en su mano jamás debió apuntar a personas inocentes!
¿Un final horrible?
¡Selena se había vuelto loca!
Atreverse a maldecir a su propio hermano de esa manera.
Al escuchar aquellas palabras, el señor Robles se puso de pie de un salto, señaló a Selena y gritó furioso:
—¡Selena! ¡Hija malagradecida! ¡Carlos es tu hermano de sangre! Como hermana mayor, ya es el colmo que no lo ayudes, ¡pero encima te atreves a maldecirlo!
»¿Qué clase de hermana eres? ¿Dices que tenemos favoritismos? Sí, preferimos a Carlos, ¿y qué? ¡Es natural que prefiramos a Carlos! ¿Quién te mandó a ser tan inútil y nacer mujer? ¡Si hubieras sido varón, te aseguro que el trato habría sido parejo!
»Hace mucho que me di cuenta de que no vales nada. Si llegaste a este punto, ¡es porque tú sola te lo buscaste!
La señora Robles también dejó de llorar y se unió a los insultos de su marido:
—¡Eres una malnacida sin corazón! Tu padre y yo nos partimos el lomo para criarte, y no solo no nos has dado ni un día de alegría, sino que ahora nos maldices. ¡Gente como tú merece la pena de muerte! ¡Ojalá te pudras en el infierno cuando mueras!
Selena cerró los ojos, con el corazón lleno de amargura.
Estaba agotada.
Nunca en su vida se había sentido tan cansada como ahora.
Después de un largo rato, Selena volvió a abrir los ojos y miró al señor Robles.
—Váyanse. No quiero volver a verlos.
A partir de hoy...
Hará de cuenta que no tiene padres.
¡El vínculo entre ellos se había roto para siempre en esta vida!
El señor Robles entrecerró los ojos con malicia.
—Selena, te voy a dar una última oportunidad. Quiero que veas a la señora Méndez ahora mismo y le pidas que, por favor, cuide de tu hermano en el futuro. De lo contrario...
Al final de la frase, una amenaza brilló en la mirada del señor Robles.
—¿De lo contrario qué? —Selena soltó una risa burlona—. Ya soy una mujer muerta, ¿crees que tus amenazas me importan? Te aviso: no solo no le voy a pedir a Úrsula que cuide de Carlos, sino que le voy a decir que Carlos es un malagradecido y que se mantenga lo más lejos posible de ese infeliz.
¡Ya no tenía nada que perder!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...