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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 422

M era una violinista muy famosa.

—Sí, me gusta bastante —dijo Úrsula.

Israel asintió.

Después de desayunar.

Caminaron de vuelta juntos.

Israel llevaba a Amanecer de la correa, Úrsula llevaba a Blanqui en brazos. Caminaban y conversaban, creando una escena tan hermosa que los transeúntes se giraban para mirarlos.

—¡Para!

En ese momento, un carro de lujo pasó a su lado. La joven sentada en el asiento trasero se sintió herida por la escena.

El conductor detuvo el carro de inmediato.

Beatriz se giró y miró hacia afuera.

No se había equivocado.

No se había equivocado.

La persona que caminaba junto a Israel no solo era una mujer, sino que además era una mujer de una belleza excepcional. Y lo más importante, ¡llevaba a Blanqui en brazos!

¿No se suponía que Blanqui no dejaba que los extraños lo tocaran?

Al ver a Blanqui en brazos de Úrsula, Beatriz se puso pálida al instante.

¿Quién era esa mujer?

¿Por qué podía llevar a Blanqui en brazos?

¿Qué trucos sucios había usado para acercarse a Blanqui?

Beatriz llevaba mucho tiempo persiguiendo a Israel.

Sabía que Blanqui no era un gato corriente. Ni siquiera ella podía acercarse a él. ¡Y mucho menos otros, que ni siquiera podían tocarlo!

Por lo tanto.

Esa mujer no podía ser buena.

Quería usar a Blanqui para arrebatarle a Israel.

Pensando en esto, Beatriz apretó con fuerza el asiento de cuero, con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.

¡¿Por qué siempre había tantas mujeres que querían ser la otra?!

Qué descaro.

—Señorita, ¿seguimos? Ya se está formando un atasco —dijo el conductor desde el asiento delantero.

Beatriz reaccionó y se esforzó por calmarse.

—Sí, sigue.

No pasaba nada.

La persona a la que más amaba Israel era ella, y ya estaba a punto de declarársele. Esa mujer no podría arrebatárselo. Cuando Israel y ella formalizaran su relación, se encargaría de eliminar a todas las arpías y mosquitas muertas que lo rodeaban.

Tit, tit.

En ese momento, sonó el celular.

Beatriz contestó.

—Hola, Rosaura.

Se oyó la voz de Rosaura al otro lado.

—Beatriz, el señor Ayala ha pedido las rosas para el Rincón de Valverde. ¡Seguro que va a declarársete allí! ¡Mañana puedes ir antes y darle una sorpresa!

Los ojos de Beatriz se iluminaron.

¡Qué ilusa!

Beatriz entrecerró los ojos y se acercó a Úrsula, esbozando una sonrisa.

—Señorita Solano.

Úrsula bajó la vista.

—¿Y tú eres?

—Mi apellido es Quiroz —continuó Beatriz—. ¿La señorita Solano viene a cenar al lago?

—Sí, tengo una cita con un amigo.

¿Una cita?

Los ojos de Beatriz brillaron con sarcasmo.

Qué ridículo.

¿No sabía Úrsula que Israel había reservado el lago hoy?

¿Acaso Úrsula había oído que Israel iba a declarársele y pensaba que se lo iba a declarar a ella?

Qué narcisista.

¿Cómo podría Israel enamorarse de una cara bonita como Úrsula?

La persona que le gustaba a Israel era ella, a la que se iba a declarar era a ella, no tenía nada que ver con Úrsula.

Los ojos de Beatriz brillaron de suficiencia y continuó:

—Señorita Solano, hoy este lugar ha sido reservado por la persona que está enamorada de mí. Va a declarárseme aquí. Excepto yo, hoy no entra nadie.

Dicho esto, Beatriz se adelantó a Úrsula y se dirigió a la entrada del Rincón de Valverde. Apenas había puesto un pie dentro cuando un empleado la detuvo.

—Disculpe, señorita, hoy el Rincón de Valverde está reservado. No estamos abiertos al público.

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