—Entonces, se los encargo, tía.
—Somos familia, Ami. No tienes por qué ser tan formal.
A la mañana siguiente, Úrsula partió hacia San Albero.
Marcela la acompañó hasta el carro, dándole mil y una recomendaciones. Le pidió que tuviera mucho cuidado, que no hablara con extraños en el avión. Si Úrsula no se hubiera negado rotundamente, ¡habría enviado a cuatro guardaespaldas fornidos con ella!
El trayecto al aeropuerto duró unos veinte minutos.
Úrsula tomó su equipaje y se dirigió al conductor.
—Oliver, ya puedes regresar. Yo puedo sola.
—Pero la señora me insistió en que la acompañara hasta la puerta de embarque —dijo el conductor, preocupado.
—De verdad, no es necesario —respondió Úrsula con una sonrisa—. Cuando regreses, dile a mi abuela que me dejaste en la puerta.
Oliver no pudo convencerla y asintió.
—Entonces, señorita, que tenga un buen viaje. Yo me retiro.
—Adelante.
En cuanto Oliver se fue, Israel emergió de entre la multitud y saludó a Úrsula con la mano.
—Úrsula.
El clima en Villa Regia todavía era un poco frío.
El hombre, que parecía haber llegado a toda prisa, vestía un elegante traje hecho a mano y un largo abrigo negro. Caminaba con una seguridad que lo hacía destacar, emanando una atracción irresistible.
La gente se giraba para mirarlo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Úrsula, sorprendida.
Si no recordaba mal, la noche anterior, cuando hablaron, Israel estaba de viaje de negocios en la ciudad vecina.
—Vine a despedir a mi novia, por supuesto —dijo Israel, tomando la maleta de Úrsula con naturalidad y entrelazando sus dedos con la otra mano.
—¿No decías que estabas muy ocupado? —preguntó Úrsula, mirándolo hacia arriba.
Con su metro noventa y dos de estatura, Úrsula, que medía poco más de uno setenta, apenas le llegaba a la oreja.
La diferencia de altura entre ellos era perfecta.
—Lo estoy —respondió Israel, inclinando la cabeza para mirarla con seriedad—. Estoy ocupado pensando en ti todos los días.
Úrsula no pudo evitar reír.
—¡No me imaginaba que el señor Ayala fuera capaz de decir cursilerías como esa!
El hombre que tenía delante era muy diferente al Israel que había conocido.
El de antes era distante, frío e inalcanzable. No parecía el tipo de persona que diría algo así.
—Hay muchas cosas que no te imaginas de mí.
Úrsula había estado leyendo muchas "obras maestras" últimamente y había aprendido bastante.
Estaba a punto de decir algo más.
Cuando, de repente, se escuchó la voz de Esteban Arrieta entre la multitud.
—¡Tío!
Úrsula soltó la mano de Israel de inmediato y se distanció.
Aprovechando que Esteban no reaccionaba, tomó discretamente la maleta de manos de Israel.
—Bueno, los dejo para que se pongan al día. Yo me voy.
Y, sin más, se fue con su maleta.
Israel observó cómo Úrsula se alejaba y luego miró a su sobrino, que parecía un tonto. La ira lo invadió. Hacía tiempo que no pasaba un momento a solas con Úrsula, y este chico lo había arruinado todo.
Al notar el mal humor de Israel, Esteban, con una sonrisa de oreja a oreja, preguntó extrañado:
—Tío, ¿qué te pasa? ¿Por qué ya no sonríes?
—Estoy pensando en qué regalarte para tu cumpleaños —dijo Israel, enfatizando cada palabra.
—¿De verdad? —preguntó Esteban, encantado—. ¡Tío, eres el mejor!
...
La maleta de Úrsula era del tamaño justo para llevar en cabina. Corrió hasta la puerta de embarque.
¡Pum!
En ese momento, chocó con una mujer de mediana edad.
A Úrsula no le pasó nada, pero las cosas que la mujer llevaba en las manos se desparramaron por el suelo.
—Disculpa, jovencita, no fue mi intención.
—No se preocupe.
Úrsula se agachó para ayudarla a recoger sus cosas. Cuando se las devolvió y vio el rostro de la mujer, sus pupilas se contrajeron de golpe.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La Cenicienta Guerrera
Hola , me encanta la novela pero faltan los capitulo desde la 1156 a la 1180...