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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 486

Con esa idea en mente, Carina se levantó del suelo y miró con desprecio a los dos guardaespaldas.

—¡Par de arrastrados!

En cuanto se casara con Santino, lo primero que haría sería despedirlos.

...

En la casa de los Gómez, Santino no encontraba la paz. No podía concentrarse en nada. Cada vez que se sentaba, la voz de Carina resonaba en sus oídos: «¡No te olvides de que si no fuera por mí, tú ya no existirías! ¡Eres un malagradecido!»

Dejó caer la pluma con la que firmaba unos documentos, tomó su celular y buscó el contacto de Carina. Estaba a punto de llamar cuando sonaron unos golpes en la puerta del estudio.

—Adelante.

Santino dejó el celular. La puerta se abrió y entró Úrsula.

—Ami —la saludó él con una sonrisa.

—Hermano, te preparé un café. Pruébalo.

—¿Sabes hacer café? —preguntó él, sorprendido.

—Me gusta, así que aprendí —explicó ella.

Santino probó un sorbo y sus ojos se abrieron de asombro.

—¡Está delicioso!

Pensaba que sería un simple café con leche, pero el sabor era exquisito.

Úrsula se sentó frente a él.

—¿Te salvó la vida? —Úrsula sintió que la historia se complicaba—. Hermano, ¿puedes contarme los detalles?

—Claro —asintió él—. Hace un año, fui a bucear con un amigo a las Maldivas. Me alejé un poco de la costa y, de repente, sentí un calambre en la pierna. Perdí el conocimiento en el agua. Cuando desperté, vi a Cari. Ella me había sacado del mar. Sin ella, no estaría aquí. El pequeño medallón de oro que nos dio la abuela a cada uno se perdió en el accidente. Mi madre dice que el medallón me protegió, pero en realidad fue Cari.

Santino estaba en un dilema. Por un lado, el carácter de Carina era cuestionable. Por otro, le debía la vida.

—Ami —suspiró—, después de salvarme, no usó su gesto para presionarme. Al contrario, me pidió que no lo contara, que era algo sin importancia. Por eso me cuesta tanto aceptar que una chica tan desinteresada pueda ser... pueda ser...

No pudo terminar la frase.

—Hermano, déjame confirmar algo —intervino Úrsula—. Despertaste y la viste a ella, ¿cierto? ¿Pero viste cómo te rescataba?

—No —negó él—. Estaba inconsciente. No recuerdo nada hasta que desperté.

—Hermano, ¿y si, como en el cuento de La Sirenita, la que te salvó fue otra persona, y tú la confundiste con Carina? —analizó Úrsula con seriedad.

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