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La Cenicienta Guerrera romance Capítulo 540

El brebaje era de un color oscuro y un olor desagradable. Jennifer no podía ni imaginar cómo los habitantes de Mareterra podían beber algo así.

—Dámelo —dijo Bianca, extendiendo la mano sin dudar.

Jennifer, a regañadientes, le entregó el cuenco.

Bianca sabía que la medicina sería amarga, pero no esperaba que lo fuera tanto. Era como tragarse bilis pura. Aunque el sabor era difícil de soportar, apretó los dientes y se lo bebió todo de un trago.

El mayordomo, que ya lo había previsto, le ofreció un dulce.

—Tome, para quitarse el mal sabor.

Después de comer el dulce, la expresión de Bianca se relajó un poco.

Jennifer no pudo evitar decir:

—Señorita Ramsey, la medicina es tan desagradable, ¿por qué no deja de tomarla? Busquemos al Doctor W. Él es tan bueno que seguro que tiene una forma de curarla.

Para Jennifer, si un médico de verdad tratara a Bianca, el Doctor W no le recetaría un montón de hierbas amargas.

Bianca levantó la vista hacia Jennifer.

—Confío en la señorita Solano.

Apenas terminó de hablar, sintió un calor repentino en la parte inferior de su cuerpo.

Bianca respiró hondo, intentando aparentar que no pasaba nada.

—Mayordomo, puede retirarse.

El mayordomo se inclinó y salió.

Jennifer, que tenía un olfato muy agudo, en cuanto el mayordomo se fue, ayudó a Bianca a levantarse.

—Señorita Ramsey, voy a buscarle ropa.

Bianca asintió.

Cuando Bianca salió con ropa nueva, Jennifer ya había limpiado el charco del suelo.

—Señorita Ramsey, acaba de tomar la medicina y ya ha pasado esto. Eso demuestra que la medicina de la señorita Solano no es la adecuada para su enfermedad. ¡Ha traicionado su confianza!

...

Al día siguiente.

Marcela regresaba a Villa Regia.

Como Úrsula se quedaba dos días más, la acompañó al aeropuerto.

La tía Catalina y la tía Nancy también fueron con ellas.

Marcela, caminando en medio, sonrió.

—Catalina, Nancy, con que Úrsula me acompañe es suficiente. No hace falta que vengan las dos.

—Señora, usted ha venido desde Villa Regia para el cumpleaños de mi madre. Ahora que se va, ¿cómo no la vamos a despedir? ¿No sería una falta de respeto? —dijo Catalina.

Nancy asintió.

—Sí, señora, mi cuñada tiene razón. Además, en casa no tenemos nada que hacer. Solo si la acompañamos personalmente al aeropuerto, mi madre se quedará tranquila.

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